Volvió atrás pasando á gatas por encima de los perros; limpióse la nieve que tenía sobre el traje de pieles con un sacudidor de ballena que Amoraq guardaba detrás de la puerta; golpeó ligeramente las pieles de que estaba forrado el techo de la choza para que se desprendieran los carámbanos que podían haber caído sobre ellas desde la bóveda de nieve que estaba encima; y luego se acostó, hecho una bola, sobre el banco. Los perros que estaban en el pasadizo empezaron á roncar y á dar leves gemidos mientras dormían; el niño más pequeño de Amoraq, metido en la honda capucha de pieles de ésta, pateó y lloró hasta ahogarse casi, y la madre del cachorro al que acababan de poner nombre permaneció echada al lado de Kotuko, fijos los ojos en la bolsa de piel de foca colocada en sitio seguro y caliente sobre la ancha y amarilla llama de la lámpara.

Y todo esto sucedía muy lejos, hacia el Norte, más allá del Labrador y del Estrecho de Hudson, donde las grandes mareas levantan masas de hielo; al Norte de la península de Melville y hasta de los pequeños estrechos de Fury y de Hecla; sobre la playa septentrional de la Tierra de Baffin; donde la isla de Bylot se eleva por encima de los hielos del estrecho de Lancaster como el molde de un pastel puesto boca abajo. Más allá de este último estrecho es muy poco lo que se conoce, excepción hecha de Devon del Norte y la Tierra de Ellesmere; pero, aun allí, viven desparramadas algunas gentes, á las mismas puertas, por decirlo así, del Polo.

Kadlu era un inuit (lo que vosotros llamaríais un esquimal) y su tribu, de unas treinta personas en junto, pertenecía á los tununirmiut, ó sea, traduciendo literalmente, que Kadlu era «del país que está situado detrás de algo». En los mapas, aquellas costas desiertas reciben el nombre de Ensenada del Consejo de Marina; pero el nombre de inuit es preferible, porque, realmente, de aquella tierra puede decirse que está situada detrás de todas las cosas de este mundo. Durante nueve meses no hay allí más que hielo y nieve, sucediéndose los huracanes casi sin interrupción, y siendo tan intenso el frío que no puede formarse idea de él quien no haya visto el termómetro cuando menos á diez y ocho grados centígrados bajo cero[29]. De esos nueve meses, seis transcurren en la obscuridad, y esto es lo que hace ser más horrible aquel país. En los tres meses de verano no hiela más que cada noche, y, durante el día, de cada dos hay helada en uno. Entonces empieza á desaparecer la nieve en las pendientes expuestas al Sur; algunos sauces bajos muestran sus lanosas yemas; tal ó cual diminuta piñuela[30] parece que va á florecer; playas enteras de arena fina y de guijarros descienden hasta el mar, y piedras bruñidas y veteadas rocas se levantan por encima de la nieve congelada en forma de granos. Pero todo esto desaparece en pocas semanas, y el fiero invierno vuelve á cerrar los claros que hay sobre la tierra, mientras en el mar el hielo sube ó baja, roto en pedazos, á lo lejos, apretándose, chocando, rajándose, rozando, y, entre tanto, pulverizándose, y, por decirlo así, varando, hasta que, al fin, se hiela todo junto, á una profundidad de tres metros, desde la tierra hasta donde más honda es el agua.

En la estación invernal, Kadlu perseguía á las focas hasta los últimos confines de aquellas tierras, ó mejor de aquellos hielos, clavándoles el arpón en cuanto salían á respirar en sus agujeros. Necesitan las focas agua en que puedan estar en libertad y alimentarse en ella de peces, y en el corazón del invierno ocurría allí, á menudo, que el hielo se corría, sin rajarse, en un espacio de veinte leguas á partir de la playa más próxima. En la primavera él y los suyos se retiraban de los hielos amontonados en el mar y se dirigían á las rocas de la tierra firme, donde levantaban tiendas hechas de pieles y cazaban con lazo aves marinas, ó lanzaban arpones á las focas jóvenes que tomaban el sol sobre las playas. Más tarde íbanse hacia el Sur, á la Tierra de Baffin, para dedicarse á la caza del reno y hacer su provisión anual de salmón en los centenares de pequeños ríos y de lagos que había en el interior, regresando al Norte en Septiembre ú Octubre para cazar toros almizclados y para la acostumbrada matanza de focas del invierno. Todos estos viajes se hacían en trineos que recorrían seis ó siete leguas cada día, ó bien, á veces, siguiendo la costa en grandes «barcos de mujeres», como les llaman, que están hechos de pieles, y en los cuales niños y perros se echan á los pies de los remeros, y las mujeres entonan canciones, mientras la embarcación se desliza de cabo en cabo por las frías y cristalinas aguas. Cuantos objetos algo refinados conocían los tununirmiut provenían del Sur, como por ejemplo: maderos acarreados por el agua y que servían para los trineos; hierro en barras para la punta de los arpones; cuchillos de acero; cacerolas de estaño en las que se cocía la comida mucho mejor que en los antiguos utensilios de cocina hechos de esteatita; pedernal, acero y hasta fósforos; así como también cintas de colores para el cabello de las mujeres; espejillos baratos, y paño rojo para orlas de chaquetas de piel de reno. Dedicábase Kadlu al valioso tráfico de blanquísimos y retorcidos cuernos de narval y de dientes de toro almizclado (que se pagan tanto como las perlas) y que él vendía á los inuit del Sur, los cuales, á su vez, traficaban con los balleneros y con las factorías que los misioneros tienen en los estrechos de Exeter y de Cumberland, y de tal modo se iban encadenando las cosas que, al fin, la cacerola comprada por el cocinero de algún barco en el bazar de Bendy bien podía ser que fuera á parar, cuando vieja, á recibir la llama de una lámpara de grasa de ballena en el sitio más fresco del Círculo Polar Ártico.

Como buen cazador, Kadlu poseía gran número de arpones de hierro, de cuchillos para cortar la nieve, de dardos para cazar pájaros, y de cuantas otras cosas hacen fácil la vida en medio de los grandes fríos; á lo que hay que añadir que era el jefe de su tribu, ó, como ellos dicen, «el hombre que todo lo sabe por propia experiencia». Ninguna autoridad le daba esto, excepto el permitirle que, de cuando en cuando, aconsejara á sus amigos que cambiaran de cazadero; mas Kotuko se aprovechaba de aquella circunstancia para mandar un poco, del perezoso modo que es característico de los gordos inuit, á los demás muchachos, cuando salían por la noche para jugar á pelota á la luz de la luna ó para cantar la «Canción del niño á la Aurora Boreal».

Pero á los catorce años un inuit se considera ya hombre, y Kotuko estaba aburrido de preparar lazos para coger aves silvestres y zorras azules, y más aún de tener que ayudar á las mujeres en la operación de mascar pieles de foca y de reno (procedimiento que las ablanda mejor que nada) durante todo el largo día, mientras los hombres están de caza. Quería ir al quaggi, la Casa del Canto, para ver cómo se reunían en ella los cazadores para celebrar allí sus misterios y cómo el angekok, el hechicero, después de apagar las lámparas, les infundía un terror que hallaban delicioso, evocando el Espíritu del Reno y haciéndole patear sobre el techo, ó arrojando una lanza contra las sombras de la noche y viéndola volver atrás cubierta de sangre, caliente aún. Quería poder echar sus grandes botas, como hacía su padre, en la red, mostrando, al hacerlo, el cansado aspecto del jefe de la familia, y jugar con los cazadores cuando iban á verlos por la noche y se entretenían con una especie de ruleta improvisada por ellos mismos con un pote de estaño y un clavo. Á centenares eran las cosas que quería hacer; pero los hombres se reían de él y le decían:

—Espera á que hayas tomado parte en la lucha. No todo se reduce en la caza á cobrar piezas.

Ahora que su padre acababa de ponerle nombre á un cachorro, destinándoselo á él, las cosas se presentaban ya algo más risueñas. Un inuit no le regala un buen perro á su hijo hasta que el muchacho sabe algo respecto al modo de educarlo; y Kotuko estaba firmemente convencido de que sabía mucho más de lo que es necesario.

Si el cachorro no hubiera estado dotado de una naturaleza de hierro se hubiera muerto por exceso de comida y de manoseo. Hízole Kotuko unos diminutos arreos con sus correspondientes tirantes y lo llevaba arrastrando por el suelo de la choza, gritándole:

¡Aua! ¡Ja aua! (¡Hacia la derecha!) ¡Choiachoi! ¡Ja Choiachoi! (¡Hacia la izquierda!) ¡Ohaha! (¡Párate!)