Al cachorro no le divertía eso lo más mínimo, pero tales juegos no eran nada comparados con el susto que se llevó la primera vez que lo pusieron á tirar de un trineo. Lo primero que hizo fué sentarse sobre la nieve y ponerse á jugar con el tirante de piel de foca que iba desde sus arreos hasta el pitu, la gran correa de los arcos del trineo. Arrancó el tiro de los demás perros, y al cachorro le pasó por encima el vehículo de tres metros de largo, arrastrándolo por la nieve, mientras Kotuko reía hasta saltársele las lágrimas. Vinieron luego interminables días en que oía continuamente el chasquido del cruel látigo que silba como el viento cuando pasa sobre el hielo, y además sus compañeros le mordían porque no sabía trabajar como ellos, y el roce de los arreos lo desollaba vivo, y no se le permitía ya dormir con Kotuko, sino que se veía obligado á quedarse en el sitio más frío del pasadizo. Eran aquéllos, para el cachorro, tiempos durísimos.
Tan aprisa como el perro, aprendía, también, el muchacho, aunque un trineo tirado por perros es dificilísimo de manejar. Cada animal (y es de notar que los más débiles van más cerca de quien guía) lleva un tirante separado que pasa por debajo de la pata anterior izquierda y va á parar á la correa principal, donde se sujeta por medio de una especie de botón y de una presilla, que puede quitarse con un movimiento especial de la muñeca y dejar así en libertad á cada perro cuando se quiera. Es esto muy conveniente, porque con frecuencia ocurre á los perros más jóvenes que se les pone el tirante entre las patas posteriores, donde les causa cortaduras tales que llegan al hueso. Y todos, sin excepción, tienen la costumbre, al correr, de buscarle juegos al que tienen al lado, saltando por entre los tirantes. Luego se pelean, y el resultado es que se arma allí un embrollo más difícil de desenredar que sedal de pescador que se dejara mojado hasta el día siguiente de la pesca. Muchas de estas molestias puede evitarlas el diestro uso del látigo. Cada muchacho inuit se considera maestro en el manejo de aquél; pero si es fácil darle un trallazo á cualquier objeto colocado en el suelo, resulta difícil, al inclinarse desde el trineo que corre á toda velocidad, el tocar precisamente detrás de los hombros, con la punta del látigo, á un perro rehacio. Si reñís á uno llamándolo por su nombre y el látigo á él dirigido toca por casualidad á otro, ambos se pelean en el acto y obligan á pararse á todos los demás del tiro. Además, si viajáis con un amigo y empezáis á hablar, ó bien si, yendo solo, se os ocurre poneros á cantar, los perros se paran, vuélvense en redondo y se sientan para escucharos. Á Kotuko se le escapó el trineo una ó dos veces por haberse olvidado de poner un estorbo delante al pararlo, rompiendo muchos látigos y echando á perder no pocas correas antes de que se le pudiera confiar un tiro completo de ocho perros y el trineo más rápido. Entonces consideróse una persona importante, y sobre la lisa, obscura superficie del hielo se deslizaba ligero y atrevido con la rapidez de una jauría lanzada en persecución de alguna pieza. Recorría hasta dos leguas y media para llegar á los agujeros donde salían á respirar las focas, y, una vez en el cazadero, soltaba una de las correas del pitu y dejaba libre al perrazo negro que dirigía el tiro, y que era el más listo de todos. Tan pronto como le veía olfatear en alguno de los agujeros, Kotuko volcaba el trineo y clavaba en la nieve un par de aserradas astas que se elevaban del respaldo como los hierros de un cochecillo de niño que sirven para empujarlo, con lo cual lograba que todo el tiro de los perros no pudiera moverse. Entonces avanzaba arrastrándose, de pulgada en pulgada, y quedábase esperando á que la foca se asomara para respirar. Luego lanzaba rápidamente hacia abajo el arpón con la cuerda á él atada, y al poco rato subía, tirando de aquélla, una foca herida, que cuando llegaba á la superficie del hielo era arrastrada, con ayuda del perrazo negro, hasta el trineo. Era aquel el momento crítico en que los demás perros del tiro aullaban rabiosos, presa de la mayor agitación; pero Kotuko les daba de latigazos en la cara, con aquella tralla que parecía una barra de hierro candente, hasta que el cuerpo de la foca quedaba helado, rígido. Lo más pesado era el regreso á casa. Había que arrastrar el trineo cargado por la dura superficie del hielo, y en vez de ponerse á tirar sentábanse los perros y miraban hambrientos á la foca. Al fin partían, sin embargo, por el camino trillado de todos los trineos que iban á la aldea, y trotaban por el hielo, que resonaba como si fuera metálico, baja la cabeza, las colas en alto, mientras Kotuko rompía á cantar el An-gutivaun tai-na tau-na-ne taina (la Canción del cazador que regresa), y de todas las casas que hallaban al paso salían voces que le llamaban bajo aquel vasto cielo sombrío, sin más luz que la de las estrellas.
También Kotuko, el perro, se divertía á su modo cuando hubo llegado á su completo desarrollo. Bravamente, lucha tras lucha, consiguió ir ascendiendo en importancia entre los otros perros que formaban parte del tiro, hasta que una tarde, por cuestión de comida, agarróse con el perrazo negro que hacía de director de los demás (mientras Kotuko, el muchacho, era testigo de que la pelea se verificaba con toda lealtad) y, como dicen allí, lo relegó al segundo lugar en vez del primero. Así, pues, fué elevado al puesto de perro director, y, unido á la larga correa que le hacía correr á un metro y medio delante de los demás, tuvo desde entonces la obligación de poner término á toda pelea que se iniciara, ya llevando los arreos ó sin ellos, y usó desde entonces un collar hecho de alambre de cobre, sumamente grueso y pesado. En ciertas ocasiones se le servían cocidos los alimentos y en el interior de la casa, permitiéndosele, además, algunas veces, dormir en el mismo banco de Kotuko. Era un buen perro para cazar focas, y sabía acorralar á cualquier buey almizclado corriendo en torno de él y mordiscándole las patas. Era capaz (y para un perro de trineo es esto la mayor prueba de bravura que darse puede)) hasta de desafiar al flaco lobo del Polo Ártico, al que, por lo general, todos los perros del Norte temen más que á otro cualquier animal de cuantos viven en las nieves. El y su amo (pues no contaban como compañía la de los demás perros del trineo) cazaron juntos día tras día y noche tras noche, el muchacho envuelto completamente en pieles, y su feroz compañero con el pelo largo y amarillo, los ojos pequeños, blanquísimos los colmillos. Todo el trabajo de un inuit se reduce á procurarse comida y pieles para él y para su familia. Las mujeres cuidan de transformar las pieles en trajes, y, si se ofrece, ayudan á poner trampas para coger piezas de caza menor; pero la base de su alimentación (y comen de un modo enorme) deben proporcionársela los hombres. Si las provisiones faltan no hay allí nadie á quien comprar ó pedir prestado: no hay otro remedio que morirse de hambre.
Un inuit no piensa en este riesgo hasta que se ve obligado á ello. Kadlu, Kotuko, Amoraq, y el chiquitín que pateaba dentro de la capucha de pieles de aquélla última, mascando durante todo el día pedazos de grasa de ballena, vivían juntos tan felices como otra cualquier familia puede serlo en este mundo. Procedían de una raza de carácter muy suave (raras veces se altera un inuit y casi nunca se le ve pegar á un chiquillo), raza de la que podía decirse que ignoraba realmente lo que era mentir, y más aun lo que era robar. Contentábase con arrancar á arponazos lo que constituía su vida del corazón helado, sin esperanzas, de una tierra que era la misma frialdad; con mostrar sus sonrisas oleosas; con referir extraños cuentos de aparecidos y de hadas, por las noches; con comer hasta no poder más; con cantar, en fin, la interminable canción de sus mujeres: Amna aya, aya amna, ¡ah! ¡ah! durante todo el largo día, á la luz de la lámpara, mientras ellas les cosían la ropa y los arreos para la caza.
Pero un invierno, que fué terrible, pareció que todo se conjuraba contra ellos. Volvieron los tununirmiut de su pesca anual del salmón, y construyeron sus casas sobre los primeros hielos, al Norte de la Isla de Bylot, preparándose á salir en persecución de las focas en cuanto el mar estuviera helado. Pero el otoño, que había venido pronto, fué malísimo. Durante todo el mes de Septiembre reinaron continuos vendabales que rompieron la lisa superficie del hielo, que buscan las focas, cuando no tenía más que un metro ó metro y medio de espesor, y, lanzándolo hacia tierra, lo amontonaron formando una gran barrera de unas cinco leguas de ancho, llena de pedazos, y tiras, y carámbanos de hielo que hacían imposible el pasar por allí con trineos. El borde del banco flotante desde el cual las focas salían para apoderarse de los peces en invierno quedaba, tal vez, á otras cinco leguas de distancia al otro lado de la barrera, y fuera del alcance de los tununirmiut. Así y todo, tal vez hubieran podido arreglarse para pasar el invierno con su provisión de salmón helado y de grasa en conserva, ayudándose con lo que las trampas que ponían les proporcionaban; pero en Diciembre uno de sus cazadores tropezó con una tupik (una tienda hecha con pieles) en que halló casi muertas á tres mujeres y á una niña que habían venido acompañando á los hombres de su familia desde lo más remoto del Norte, viendo como aquéllos morían aplastados en sus botes de pieles, pequeños y construídos expresamente para la caza, mientras iban en persecución del narval de único y largo cuerno. Kadlu, por supuesto, no tuvo más remedio que distribuir las mujeres entre las chozas de aquella aldea de invierno, porque nunca un inuit se niega á partir su comida con un extranjero: no sabe cuando le llegará á él el turno de tener que aceptarla. Amoraq quedóse con la niña, que tenía unos catorce años, en su casa, haciendo de ella una especie de criada. Juzgando por el corte de su puntiaguda capucha y por los dibujos en forma de diamante prolongado que tenían sus blancas polainas de piel de reno, supusieron que era originaria de la Tierra de Ellesmere. Jamás había visto cacerolas de metal ó trineos en que se usara la madera para cortar el hielo; pero á Kotuko, el muchacho, y á Kotuko, el perro, les cayó en gracia y le tenían bastante cariño.
Luego, todas las zorras fuéronse hacia el Sur, y hasta el volverena, el gruñón y obtuso ladronzuelo de las nieves, no quiso tomarse la molestia de pasar por la hilera de trampas que Kotuko puso. La tribu perdió un par de sus mejores cazadores que quedaron grandemente lastimados en una lucha con un buey almizclado, y esto acumuló más trabajo sobre los restantes. Kotuko salió uno y otro día con un trineo ligero y seis ó siete de los perros más fuertes, mirando por todas partes hasta dolerle los ojos para ver si podía descubrir alguna extensión de hielo limpio y claro en la cual alguna foca hubiera abierto por casualidad uno de sus agujeros para respirar. Kotuko, el perro, vagaba libremente por todos lados, y, en medio de la mortal quietud de los hielos, Kotuko, el muchacho, oía su sordo y nervioso gemido sobre algún agujero de aquéllos, situado á más de media legua de distancia, tan claramente como si estuviera á su lado. Cuando el perro hallaba una de las tales aberturas en el hielo solía el muchacho construirse un corto y bajo muro de nieve para resguardarse algo del fuerte viento, y allí esperaba diez, doce, veinte horas si era preciso, hasta que la foca saliera á respirar, pegados materialmente los ojos á la diminuta señal que él había hecho sobre el agujero para guiar la puntería cuando arrojara el arpón, y colocada bajo los pies una alfombrita de piel de foca, mientras tenía las piernas atadas con el tutareang (la hebilla de que hablaban los antiguos cazadores). Sirve ésta para evitar que se le encojan las piernas al hombre que se pasa horas y horas esperando á que se asomen las focas, de oído finísimo. Aunque el trabajo no exige esfuerzo, fácilmente se comprende que el estar sentado completamente inmóvil y metido en la hebilla, con el termómetro tal vez á cuarenta grados bajo cero[31], es la ocupación más pesada de cuantas conoce un inuit. Cuando se cogía una foca Kotuko, el perro, se lanzaba hacia adelante, con la correa arrastrando detrás de él, y ayudaba á arrastrar el cuerpo hasta el trineo, en el cual los otros perros, cansados y hambrientos, se tendían con aire sombrío al abrigo de los rotos pedazos del hielo.
Una foca no era comida que pudiera durar mucho tiempo, porque cada boca en la aldehuela tenía derecho á que le dieran su porción, y ni huesos, ni piel, ni tendones se desperdiciaban. La carne destinada á los perros se empleaba como alimento humano, y á aquéllos Amoraq les hacía comer pedazos viejos de las tiendas de pieles usadas en verano y arrancados del banco que servía para dormir, con lo cual aullaban y aullaban continuamente los animales, despertándose de noche para aullar de nuevo, siempre hambrientos. Con sólo ver las lámparas de esteatita en las chozas no era difícil adivinar que el hambre se acercaba. En las buenas épocas, cuando la grasa era abundante, la luz de las lámparas en forma de bote tenía más de medio metro de alto, elevándose alegre, como untuosa, amarilla. Ahora apenas si medía unas seis pulgadas, pues Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de musgo cuando alguna llamarada se elevaba más de lo debido por un momento, y en esta operación seguían atentamente su mano los ojos de toda la familia. Lo más horroroso del hambre allá en aquellos grandes fríos no es tanto la muerte considerada en sí misma como el morir en medio de la obscuridad. Todo inuit teme grandemente á esta última, que pesa sobre él, sin cesar, durante seis meses del año, y cuando las lámparas están bajas en las casas, la inteligencia de las personas comienza á estar algo turbada y confusa.
Pero peores cosas habían de suceder aún.
Los mal alimentados perros mordían y gruñían en los corredores, lanzando furiosas miradas á las frías é indiferentes estrellas y husmeando hacia el lado de donde soplaba el viento una y otra noche. Cuando el aullar paraba, el silencio descendía nuevamente tan sólido y pesado como una masa de nieve que la tormenta arroja contra una puerta, y los hombres oían entonces el latir de las venas en los estrechos conductos de la oreja y el golpear de sus propios corazones, que resonaba como el ruido del tambor que los hechiceros tocan sobre la nieve. Una noche Kotuko, el perro, que había estado de un malhumor poco frecuente al llevar los arreos, saltó de pronto y apretó la cabeza contra la rodilla de Kotuko. Acariciólo éste, pero el perro siguió apretando ciegamente hacia delante y muy manso. Entonces despertóse Kadlu, cogióle la pesada cabeza, parecida á la de un lobo, y le clavó los ojos en los suyos, vidriosos. El perro gimió y se puso á temblar entre las rodillas de Kadlu. Erizósele el pelo en torno al cuello y gruñó como si algún forastero acabara de llegar á la puerta de la casa, después de lo cual ladró alegremente, arrastróse por el suelo y comenzó á morderle una bota á Kotuko como suelen hacer los cachorros.
—¿Qué le ocurre? preguntó Kotuko, que comenzaba ya á sentir miedo.