—Tiene la enfermedad, contestó Kadlu: la enfermedad de los perros.

Kotuko, el perro, levantó entonces el hocico y púsose á aullar.

—Nunca había visto esto. ¿Y qué hará ahora? dijo Kotuko.

Encogió un hombro Kadlu y atravesó la choza en busca de su arpón más corto y afilado. El enorme perro le miró, volvió á aullar, y se deslizó por el corredor hacia afuera, mientras sus otros compañeros se retiraban á derecha é izquierda para abrirle ancho paso. Al hallarse fuera, sobre la nieve, ladró furiosamente, como si le siguiera el rastro á algún buey almizclado, y ladrando, dando saltos y haciendo cabriolas, desapareció. Lo que tenía no era hidrofobia, sino sencillamente locura. El frío, el hambre, y sobre todo la obscuridad, le habían atacado al cerebro, y cuando esa terrible enfermedad de los perros aparece entre los que constituyen el tiro de un trineo se propaga como el fuego. Al siguiente día de caza otro perro enfermó y fué muerto en seguida por Kotuko al ver que mordía y forcejeaba entre los arreos. Luego el perro negro que hacía de segundo, y que había sido el que dirigía antiguamente, de pronto comenzó á ladrar como siguiendo la pista de un reno imaginario, y cuando lo hubieron soltado del pitu se lanzó contra un gran montón de hielo, huyendo á poco como había hecho el que dirigía el tiro, con los arreos colgando. Después de esto nadie quiso ya volver á salir con los perros. Necesitábanlos para algo más, y bien lo comprendían ellos, por lo que, aunque estuvieran atados y recibieran los alimentos de mano de sus dueños, en los ojos se les veía la desesperación y el miedo de que estaban poseídos. Para acabar de empeorar las cosas, comenzaron las viejas á contar cuentos de aparecidos y á decir que ellas habían visto los espíritus de los cazadores que desaparecieron durante aquel otoño, los cuales les habían profetizado horribles sucesos.

Sintió Kotuko más que nada la pérdida de su perro, porque aunque un inuit coma enormemente, también cuando conviene, sabe ayunar. Pero el hambre, la obscuridad, el frío y las intemperies fueron minando su naturaleza, y empezó á oir voces interiores en su cerebro y á ver gente que no tenía delante, que estaba fuera del alcance de sus miradas. Una noche (en que acababa de quitarse la hebilla, después de diez horas de estar esperando sobre uno de los agujeros de focas llamados ciegos, y se encaminaba á la aldea con paso vacilante, muy débil, desvanecido casi) paróse para apoyarse de espaldas contra una peña que daba la casualidad de estar sostenida, como las rocas que se balancean, sobre un solo punto saliente del hielo. Su peso destruyó el equilibrio gracias al cual se sostenía la peña, ésta cayó rodando pesadamente, y, mientras Kotuko saltaba hacia un lado para evitar que le tocara, resbaló en dirección de él, con un chirrido y silbando, luego, por el hielo, en forma de talud.

Con esto le bastó á Kotuko. Había sido educado en la creencia de que cada roca ó peña tenía su dueño (su inua) que era, generalmente, una cosa parecida á una mujer y con un solo ojo, la cual recibía el nombre de tornaq, y cuando una tornaq quería ayudar á un hombre rodaba tras de él dentro de su casa de piedra y le preguntaba si quería tomarla como á su espíritu protector. (En los deshielos del verano las rocas y peñas que el hielo sostiene ruedan y resbalan por toda la superficie del terreno, por lo cual no es difícil comprender cómo nació la idea de piedras que viven). Kotuko sintió que la sangre le latía en las orejas, cosa que había sentido ya durante todo el día, y pensó que aquello era la tornaq de la piedra, que le estaba hablando. Aún antes de llegar á su casa estaba ya convencido por completo de que había sostenido con aquélla una larga conversación, y, como todos los suyos creían en la posibilidad de que tal cosa ocurriera, nadie le llevó la contraria.

—Díjome: «me lanzo, me lanzo desde el sitio que ocupaba en la nieve» repetía Kotuko con los ojos hundidos é inclinándose hacia delante en la mal alumbrada choza. Dijo: «yo seré tu guía, yo te conduciré á los mejores agujeros de los que hacen las focas». Mañana salgo de caza, y la tornaq me guiará.

Luego vino el angekok, el hechicero de la aldea, y Kotuko refirió el mismo cuento por segunda vez. No perdió en lo más mínimo al ser repetido.

—Sigue á los tornait (los espíritus de las piedras) y ellos volverán á darte comida, dijo el angekok.

Ahora bien: la muchacha, procedente del Norte, que había sido recogida en la casa, solía estar echada junto á la lámpara, comiendo poco y hablando menos durante días enteros; pero cuando Amoraq y Kadlu, á la mañana siguiente, comenzaron á cargar y á atar un pequeño trineo de mano para Kotuko con todos los útiles de caza y cuanta grasa y carne de foca helada les fué posible, ella cogió la cuerda que servía para arrastrar el vehículo y se colocó valientemente al lado del muchacho.