—Vuestra casa es la mía, dijo, mientras el trineo chirriaba vacilante al deslizarse detrás de ellos en la terrible noche ártica.

—Mi casa es tu casa, dijo Kotuko, pero yo creo que á donde iremos ahora nosotros dos será á Sedna.

Sedna es la Señora del mundo inferior, y todo inuit cree que cada persona que muere ha de pasar un año en el horrible país de aquélla antes de ir á Quadliparmiut, el lugar de la felicidad, donde no se conoce el hielo y donde los gordos renos se acercan á uno en cuanto les llama.

Allá en la aldea oíase á la gente gritar:

—Los tornait han hablado á Kotuko... Le enseñarán el hielo libre... Volverá trayéndonos focas...

Las voces se perdieron pronto en la fría é inmensa obscuridad, mientras Kotuko y la niña se acercaban, hombro contra hombro, al tirar de la cuerda ó al empujar el trineo por el hielo en dirección del mar Polar. Kotuko se empeñó en que la tornaq de la piedra le había dicho que fuera hacia el Norte, y hacia el Norte fueron, caminando bajo la constelación de Tuktuqdjung, el Reno, ó sea, lo que nosotros llamamos la Osa Mayor.

Ningún europeo hubiera sido capaz de caminar más de una legua cada día sobre pedazos pequeños de hielo y sobre montones de afiladas aristas; pero aquella pareja conocía con toda exactitud el movimiento especial de muñeca que obliga á un trineo á dar la vuelta en torno de una de esas aglomeraciones de hielo; el tirón repentino que casi lo levanta sobre una quebradura de la superficie; la cantidad de esfuerzo que requieren los pocos y mesurados arponazos que abren un camino cuando toda esperanza de hallarlo parece ya perdida.

La muchacha no decía una palabra, pero bajaba la cabeza, y la orla de piel de volverena que adornaba su capucha de armiño caía sobre su cara ancha y obscura. El cielo se extendía sobre la pareja, negro, con negrura intensa y aterciopelada, que se transformaba en el horizonte en tiras de color rojo, y sobre el negro fondo brillaban grandes estrellas como si fueran faroles. De cuando en cuando, una oleada de luz verdosa de la aurora boreal se deslizaba por las profundidades del alto cielo, ondeaba como una bandera y desaparecía, ó bien algún meteoro estallaba hundiéndose en las tinieblas y esparciendo tras de él lluvia de chispas. Entonces veían la ondulada superficie de los flotantes hielos del mar con ribetes y adornos de extraños colores: rojos, cobrizos y azulados; pero á la ordinaria luz de las estrellas todo adquiría un color gris mortecino. Ya recordaréis que los hielos del mar habían sido sacudidos y aglomerados por los vientos del otoño, y, gracias á ellos, parecía que hubiera pasado por allí un temblor de tierra helándose, después, todo.

Veíanse canales, barrancos y hoyos semejantes á cascajares abiertos en el hielo; pedazos más ó menos grandes de éste que se habían quedado sobre la primitiva superficie total; otros negros comparables á pústulas, que habían sido arrojados bajo la gran masa de hielos flotantes por algún vendabal y vueltos á levantar después; verdaderas piñas de hielo de forma redondeada; crestas como dientes de sierra, que habían sido hechas por la nieve que va volando delante del viento; y, en fin, verdaderos pozos de hundidas paredes en los cuales, lo menos en una extensión de hectárea ó hectárea y media, el nivel del suelo estaba mucho más bajo que en el resto del terreno. Á cierta distancia bien podían tomarse los pedazos de hielo por focas ó morsas, por trineos puestos boca abajo, ó por hombres ocupados en una expedición de caza, y aun podía imaginarse que eran el mismísimo gran fantasma blanco del Oso de diez patas; pero á pesar de todas esas formas fantásticas, que se dijera que estaban á punto de adquirir vida, no se oía un solo ruido, ni siquiera el eco levísimo de lejano rumor. Y á través de este silencio y de esta soledad, donde repentinas luces se agitaban y desaparecían nuevamente, el trineo y los dos que lo empujaban iban arrastrándose como visiones de una pesadilla... una pesadilla sobre cosas del fin del mundo, que precisamente en el fin del mundo ocurría.

Cuando la pareja se sentía cansada Kotuko construía lo que los cazadores llaman una media casa, una pequeñísima choza hecha de nieve, en la cual se metían, muy apretados uno contra otro, con la lámpara de viaje, é intentaban deshelar la carne de foca que llevaban. Una vez habían dormido comenzaban nuevamente la marcha... para andar unas siete leguas diarias y no acercarse al Norte más que dos leguas y media. La muchacha iba siempre silenciosa, pero Kotuko hablaba sólo algunas veces y prorrumpía, á lo mejor, en canciones que había aprendido en la Casa de Canto (canciones sobre el verano, los renos y el salmón), todas ellas de horrible inoportunidad en aquella estación. Decía que había oido á la tornaq hablándole malhumorada, y corría furioso contra un montón de hielo, retorciéndose los brazos y hablando á gritos y en tono amenazador. Á decir verdad Kotuko estaba casi loco en aquella época; pero la muchacha se hallaba completamente segura de que un espíritu que lo guardaba le servía entonces de guía y de que todo iba á terminar felizmente. No sintió, pues, la menor sorpresa cuando al fin de la cuarta jornada Kotuko, cuyos ojos brillaban como dos bolas de fuego, le dijo que su tornaq los seguía á través de la nieve, en forma de un perro con dos cabezas. Miró la niña hacia el sitio que le señalaba Kotuko, y algo parecióle ver que se deslizaba hacia un barranco. La aparición no revestía, ciertamente, humana forma, pero bien sabían todos que los tornait preferían adoptar la apariencia de osos, focas, y otros animales.