Podía ser aquello el mismo fantasma blanco del Oso de las diez patas, ó cualquiera otra cosa, porque Kotuko y su compañera estaban tan hambrientos que no se podía ya prestar fe á lo que decían ver. Nada habían cazado con las trampas que ponían, ni descubrieron rastro alguno de caza desde que abandonaron la aldea; además, su escasa comida apenas si les duraría otra semana, y una nueva borrasca se les venía encima. Una tempestad en el Polo puede durar diez días sin interrupción, y en todo este tiempo es segura la muerte para aquél á quien coja fuera de casa. Kotuko construyó una casa de nieve de tamaño suficiente para contener el trineo de mano (porque nunca debe separarse uno de su comida), y, mientras estaba dando forma regular al pedazo de hielo que sirve de clave de la bóveda, vió algo que le estaba mirando desde un abrupto montón de hielo, á unos ochocientos metros de distancia. El aire era pesado, como neblina, y aquella cosa fantástica parecía tener doce metros de ancho por tres de alto, con seis metros de cola y una forma indecisa, de contornos indefinidos, temblorosos. La muchacha vióla también, pero en vez de ponerse á gritar aterrorizada, dijo en voz baja:

—Esto es Quiquern. ¿Qué es lo que ocurrirá después?

—Que me hablará, dijo Kotuko.

Pero el cuchillo con que cortaba el hielo tembló en su mano mientras esto decía, porque, por mucho que un hombre crea que tiene amistad con raros y feos espíritus, pocas veces gusta de que sus palabras parezcan resultar verdad. Además, Quiquern es el fantasma de un perro gigantesco, sin dientes ni pelo, que se supone que vive en el lejano Norte, y que vaga por el país aquél precisamente poco antes de que algo ocurra. Lo mismo puede ser esto anuncio de cosas agradables que de desagradables, pero ni á los hechiceros les gusta hablar de Quiquern. Él es quien da á los perros la locura. Como el Oso-Fantasma, tiene muchas patas (seis ú ocho pares) y lo que es aquella cosa fantástica que se movía en la neblina tenía, también, muchas más patas de las que necesita ningún perro de carne y hueso. Kotuko y la niña corrieron á refugiarse en su choza apretándose uno contra otro. Por supuesto que si Quiquern les hubiera necesitado para algo no habría dejado de hacer que el techo se hundiera sobre su cabeza; pero el saber que entre ellos y la malvada obscuridad se interponía un muro de nieve de palmo y medio de grueso les servía de consuelo.

La tempestad estalló al fin con ruido estridente del viento, parecido al de un tren, y durante tres días y tres noches continuó sin variar ni un momento, sin atenuarse en lo más mínimo ni por un minuto. La pareja fué cuidando de mantener encendida la lámpara que sostenía entre las rodillas, mascullando tibios pedacitos de carne de foca, y mirando cómo el negro hollín se acumulaba en el techo durante setenta y dos interminables horas. La muchacha hizo el recuento de la comida que les quedaba aún en el trineo: no había más que para dos días. Kotuko examinó las puntas de hierro y las ataduras, hechas de tendones de reno, de su arpón, de su lanza especial para focas y de su dardo para cazar pájaros. Nada más podía hacer.

—Pronto iremos á Sedna... muy pronto, murmuró la niña. De aquí á tres días no nos quedará más que echarnos... y partir. ¿No hará algo por nosotros tu tornaq? Cántale una canción de angekok para hacerla venir.

Comenzó el muchacho á cantar en el tono altísimo de aullido que suelen tener las canciones mágicas, y al propio tiempo la furia de la tormenta empezó á ceder. En mitad de la canción estremecióse la niña, y en seguida colocó, sobre el hielo que formaba el piso de la choza, primero la mano, que cubría un mitón, y luego la cabeza. Siguió Kotuko su ejemplo, y los dos se arrodillaron, fija la mirada del uno en la del otro y escuchando con toda la tensión nerviosa de que eran capaces. Después arrancó él una delgada tira de ballena de un lazo para cazar pájaros, que tenía en el trineo, y, enderezándola la colocó derecha en un agujerito que hizo en el hielo, afirmándola con su mitón. Quedó casi tan delicadamente ajustada como la aguja de una brújula, y, una vez hecho esto, en lugar de seguir la pareja escuchando, miró atentamente. La delgada varilla tembló un poco... vibró de modo casi imperceptible; después la vibración se hizo ya más firme durante algunos segundos... desapareció... y, al fin, volvió á aparecer, pero esta vez señalando hacia otro punto de aquella especie de brújula.

—¡Demasiado pronto! exclamó Kotuko. Alguna gran porción de hielo flotante se ha roto, lejos, allá fuera.

La muchacha señaló hacia la varilla y sacudió la cabeza.