—Es que se rompe todo, dijo. Escucha el ruido en el suelo. Suenan golpes.

Al arrodillarse esta vez oyeron extrañísimos y sordos rumores, como frecuente golpear que resonara bajo sus mismos pies. Parecía ora que algún cachorrillo chillaba colocado sobre la luz de la lámpara; ya que alguien afilaba una piedra sobre el duro hielo; ora que tocaban un tambor cubierto con algo; pero todos esos rumores sonaban como muy prolongados y disminuidos, como si vibraran, pasando á través de un cuerno muy pequeño, durante larga y fatigosa distancia.

—No iremos á Sedna echados, dijo Kotuko. Esto es el deshielo. La tornaq nos ha engañado. Vamos á morir.

Todo esto podrá parecer absurdo, pero ello es que la pareja se hallaba frente á un peligro muy real. Los tres días de viento habían barrido hacia el Sur el agua de la bahía de Baffin amontonándola contra el extremo de la gran extensión de hielo que iba desde la isla de Bylot hacia el Oeste. Además, la fuerte corriente que va hacia el Este desde el Estrecho de Lancaster llevaba durante algunas millas lo que llaman hielo en pacas (hielo tosco y áspero que no se ha convertido aún en llana superficie), y estas pacas caían como bombas sobre la masa de hielos flotantes, al mismo tiempo que el flujo y reflujo del tempestuoso mar la minaba y la iba haciendo cada vez más débil. Lo que Kotuko y la niña habían oído eran los ecos lejanos de aquella lucha que se verificaba á ocho ó diez leguas de distancia, y la indiscreta varilla se estremecía al choque de aquel continuo batallar.

Ahora bien: como dicen los inuit, una vez el hielo se ha despertado de su largo sueño del invierno no es ya posible saber lo que puede ocurrir, porque, aunque sólido, cambia de forma casi tan pronto como una nube. El vendabal era, sin duda, uno de los de primavera que había llegado fuera de tiempo, y cualquier cosa podía considerarse posible.

Á pesar de todo, la pareja se sentía algo más animada que antes. Si el hielo se rompía no tendría que esperar y sufrir más. Los espíritus, duendes y demás habitantes del mundo de los encantamientos andaban sueltos por el movedizo hielo, y tal vez les ocurriría á los dos muchachos que junto con ellos entraran en el país de Sedna toda clase de extraordinarios seres llenos aún de loca exaltación. Cuando abandonaron la choza, después de pasada la tormenta, el ruido crecía más y más allá en el horizonte y la dura masa de hielo gemía y zumbaba en torno suyo.

—Aún está esperando, dijo Kotuko.

Sobre la cima de un gran montón de hielo estaba sentada ó acurrucada aquella cosa fantástica de ocho patas que habían visto tres días antes... y entonces aullaba de un modo horrible.

—Sigamos, dijo la muchacha. Quizá conozca algún camino que no conduzca á Sedna.

Pero al coger la cuerda del trineo se sintió desfallecer. La cosa aquélla se movía alejándose despacio y torpemente por encima de los picos del hielo, dirigiéndose siempre hacia el Oeste y hacia la tierra, y ellos siguieron también en la propia dirección, mientras el ruido atronador que se oía en el borde de la gran masa de hielo flotante allá en el mar se acercaba cada vez más. La masa estaba ya rajada en todos sentidos en el espacio de una legua en dirección de tierra, y grandes capas como de tres metros de grueso y que ora medían unos pocos metros cuadrados, ora unas ocho hectáreas, saltaban, y se hundían, y chocaban unas con otras, ó con la porción de masa total que aún no estaba rota, al ser cogidas y sacudidas por el revuelto oleaje que se agitaba entre ellas. Este ariete del hielo era, por decirlo así, la avanzada del ejército que el mar lanzaba contra sus hielos flotantes. El continuo romperse y chocar de los pedazos ahogaba, casi, el chirrido de la especie de láminas arrojadas enteras bajo la gran masa como baraja escondida á toda prisa bajo el tapete de una mesa. Donde el agua era poco profunda estas láminas se amontonaban una sobre otra hasta que las inferiores llegaban á tocar el fango, á quince metros de profundidad, y el mar descolorido hacía de dique tras el sucio hielo hasta que la presión creciente volvía á arrojarlo todo hacia delante. Además del hielo flotante y del otro en bruto ó en pacas, el vendabal y las corrientes hacían descender verdaderos aludes, especie de montañas movibles arrancadas de las costas de Groenlandia ó de la playa septentrional de la bahía de Melville. Llegaban pesada y solemnemente, mientras las olas rompían en blanca espuma en torno suyo y avanzaban en dirección de la gran masa como una antigua flota navegando á toda vela. Tal ó cual alud que parecía venir preparado para llevarse de calle el mundo entero, fondeaba como sin fuerzas en el agua, comenzaba á dar vueltas, y acababa revolcándose en la espuma y en el fango, envuelto en una nube de voladoras y heladas chispas, mientras otro mucho más pequeño y bajo rajaba la aplastada masa y se metía dentro de ella, arrojando á cada lado toneladas de hielo y abriendo una vía de más de ochocientos metros antes de que se parara. Caían unos como espadas, cortando canales de sinuosos bordes; otros se rompían en una lluvia de pedazos que pesaban docenas de toneladas cada uno y se arremolinaban con estruendo; otros, en fin, levantábanse enteros fuera del agua al juntarse, se retorcían como atormentados por el sufrimiento y caían pesadamente sobre uno de sus lados, mientras el mar pasaba sacudiendo su espalda. Toda esta labor continua de prensar, amontonar, doblar y retorcer el hielo en todas las formas posibles, se verificaba á tanta distancia como la vista podía alcanzar á lo largo de la línea septentrional de la masa flotante. Desde el sitio en que se hallaban Kotuko y la niña aquel caos no parecía más que un movimiento de ondulación y de arrastre que se verificaba allá en el horizonte; pero se acercaba á ellos por momentos, y lejos, hacia el lado de la tierra, oían como fuerte bramido comparable á estruendo de artillería que resonara á través de la niebla. Indicaba esto que la gran masa de hielo flotante que había sobre el mar era empujada contra los férreos acantilados de la costa de la isla de Bylot, la tierra que se hallaba hacia el Sur, detrás de ellos.