—Esto no se ha visto nunca, exclamó Kotuko, mirando con aire estupefacto. Ésta no es la época en que ocurre. ¿Cómo puede ser que el hielo se rompa ahora?

—Ve siguiendo á aquello, gritó la muchacha señalando á la fantástica aparición que medio cojeando y medio corriendo se alejaba en insensata carrera delante de ellos. Siguiéronla, en efecto, tirando con toda su fuerza del trineo, y, al mismo tiempo, oían cada vez más cerca el avance ruidoso del hielo. Al fin los campos que en torno suyo se extendían rajáronse en todas direcciones, y las rajaduras se abrían con estallidos semejantes al castañeteo de los dientes del lobo. Pero donde la cosa fantástica se apoyaba, sobre una especie de baluarte de pedazos de hielo esparcidos que medía una altura de unos quince metros, ningún movimiento se notaba. Kotuko saltó impetuosamente hacia delante, llevando tras de sí á su compañera, y subió arrastrándose hasta el pie del baluarte. La voz del hielo se hacía cada vez más fuerte en torno suyo, pero aquella fortaleza no se rendía, y, como la joven mirara á su compañero, levantó éste el codo derecho apartándolo del cuerpo al mismo tiempo de levantarlo y haciendo así la señal que usa todo inuit para indicar que ha descubierto tierra y que ésta tiene la forma de una isla. Y, verdaderamente, hacia la tierra les había llevado aquella fantástica aparición de las ocho patas que andaba cojeando: hacia un islote de granítica base y de arenosas playas, cubierto, enfundado y como enmascarado por el hielo, hasta el punto de no haber hombre capaz de distinguirlo de la masa helada que flotaba sobre el mar; pero, por debajo, tierra sólida era y no hielo movible. El romperse y rebotar de los pedazos flotantes al chocar con el islote marcaba las orillas del mismo, y un protector banco de arena arrancaba desde él en dirección del Norte, desviando la furia de los más pesados montones de hielo, ni más ni menos que como la reja de un arado voltea grandes pedazos de marga. Por supuesto que existía el peligro de que alguna gran extensión de hielo, obedeciendo á enorme presión, remontara la playa é hiciera desaparecer por completo la parte alta del islote; pero la idea no preocupó á Kotuko ni á la muchacha mientras construían su casa de nieve y comenzaban á comer, oyendo como el hielo golpeaba la playa y se arrastraba por ella. La cosa fantástica había desaparecido y Kotuko hablaba, muy excitado, del poder que él tenía sobre los espíritus, mientras, al propio tiempo, se acurrucaba junto á la lámpara. Precisamente cuando se hallaba en lo mejor de sus insensatas afirmaciones la muchacha comenzó á reirse y á balancearse de delante á atrás y de atrás á delante.

Á su espalda, avanzando cautelosamente hacia el interior de la choza, veíanse dos cabezas, una amarilla y otra negra, pertenecientes á dos perros que ofrecían el aspecto más triste y avergonzado que imaginarse pueda: el uno era Kotuko, el perro, y el otro el que había dirigido el trineo. Ambos estaban ahora gordos, con buena salud y completamente curados de su locura; pero iban unidos uno á otro del modo más extraño. Cuando el negro, que dirigía el trineo, se escapó, ya recordaréis que llevaba aun colgando los arreos. Debió de encontrar á Kotuko, el perro, y jugar con él ó pelearse, porque el lazo que tenía pasado por los hombros se le enganchó en los alambres de cobre retorcido que llevaba Kotuko en el collar, y se había enredado de tal modo y tan fuertemente que ni uno ni otro podía coger la correa con los dientes para separarla, sino que cada uno quedaba atado por el cuello á lo largo del cuerpo de su vecino. Esto, junto con la libertad de cazar por su cuenta, debió de contribuir grandemente á curarles de su locura. Estaban completamente en sano juicio.

La muchacha empujó á los avergonzados animales hacia Kotuko y muerta de risa gritó:

—Esto es Quiquern, el que nos ha conducido á la tierra firme. ¡Mira las ocho patas y las dos cabezas!

Cortó Kotuko la correa, devolviéndoles así la libertad, y ambos se precipitaron en sus brazos, el amarillo y el negro al mismo tiempo, como queriendo explicar de qué modo habían recobrado la razón. Kotuko les pasó la mano por los costados, que estaban bien llenos y con el pelo reluciente.

—Han encontrado comida, dijo sonriendo. No creo que vayamos tan pronto á Sedna. Mi tornaq los ha mandado. Ya se les ha curado la enfermedad.

En cuanto hubieron acariciado á Kotuko, los dos animales, que se habían visto obligados á dormir, comer y cazar juntos durante las últimas semanas, lanzáronse el uno contra el otro, y hubo entonces una gran batalla en el interior de la casa de nieve.

—Los perros no se pelean cuando tienen vacío el estómago, dijo Kotuko. Han encontrado alguna foca. Durmamos, que no nos faltará comida.

Cuando se despertaron el agua del mar había quedado ya libre en la playa septentrional del islote, y todo el hielo suelto había sido lanzado hacia la tierra. Un inuit considera siempre como deliciosos los primeros rumores de la marea alta, porque le advierten que la primavera se acerca. Kotuko y la niña cogiéronse de las manos y sonrieron, porque el claro y fuerte ruido que producía el mar entre el hielo les recordaba el tiempo de la pesca del salmón, de la caza del reno, y el olor de los sauces rastreros cuando están en flor. Hasta en aquel mismo momento el mar comenzó á espesarse casi congelado, entre los flotantes témpanos de hielo: tan intenso era el frío; pero en el horizonte se veía una ancha y roja claridad que era la luz del hundido sol. Parecía aquello, más bien, un bostezo en mitad de su sueño que su verdadero levantarse, y la claridad no duró más que algunos minutos, pero ello es que marcaba el cambio del año hacia la mejor estación. Nada podía cambiar el curso de las cosas.