Halló Kotuko á los perros peleándose sobre el cuerpo de una foca recién muerta, la cual había ido siguiendo á los peces que una tormenta hace siempre cambiar de lugar. Era la primera de unas veinte ó treinta que llegaron al islote durante aquel día, y hasta que el mar se hubo helado fuertemente fueron á centenares las vivas cabezas negras que se veían, gozándose en disfrutar del agua libre, poco profunda, y flotando entre los témpanos de hielo.
Era un gusto para nuestra pareja el poder comer otra vez hígado de foca; el llenar las lámparas de grasa sin tener que ir con miedo y el ver cómo la llama se elevaba á un metro de altura; pero tan pronto como apareció el hielo nuevo en el mar, Kotuko y su compañera cargaron el trineo de mano é hicieron tirar de él á los dos perros como nunca en la vida habían tirado, porque no estaban muy tranquilos ambos muchachos respecto á lo que hubiera podido ocurrir en su aldea. El tiempo continuaba tan implacable como de costumbre; pero es más fácil arrastrar un trineo cargado de víveres que cazar muriéndose de hambre. Dejaron los cadáveres de veinticinco focas enterrados en el hielo de la playa y prontos para ser usados, después de lo cual se apresuraron á regresar al seno de su familia. Los perros les enseñaron el camino en cuanto Kotuko les indicó lo que deseaba que hicieran, y, aunque ninguna señal hubiera del camino que debían seguir, en dos días se hallaban ya dando voces á la entrada de la casa de Kadlu. Sólo tres perros les contestaron. En cuanto á los otros habían sido comidos, y las casas se hallaban sumidas en la obscuridad. Pero cuando Kotuko gritó: «¡ojo!» (esto es carne hervida) algunas voces débiles le contestaron, y al llamar á los habitantes de la aldea por sus nombres, con voz bien clara, no hubo nadie que faltase.
Una hora después brillaban las lámparas en la casa de Kadlu; el agua, de nieve derretida, se calentaba sobre el fuego; hervían las cacerolas, y del techo iba goteando el hielo, mientras Amoraq cocinaba una comida para toda la aldea; el chiquitín que estaba metido en la capucha de pieles mascaba un pedazo de grasa que tenía gusto de nueces, y los cazadores iban atiborrándose metódica y pausadamente de carne de foca. Kotuko y la niña refirieron sus aventuras. Entre ellos se sentaron los dos perros, y cada vez que oían pronunciar su nombre en el relato enderezaban una oreja y parecían lo más avergonzados de sí mismos que imaginarse pueda. El perro que haya enloquecido una vez y curádose luego, queda, en opinión de los inuit, inmune contra posteriores ataques.
—Ya veis, pues, que la tornaq no se ha olvidado de nosotros, dijo Kotuko. Sopló el vendaval, rompióse el hielo y las focas viniéronse detrás de los peces asustados por la tempestad. Ahora los nuevos agujeros que estas focas han hecho están á una distancia de aquí que no llega á dos días de viaje. Que vayan mañana los mejores cazadores y que traigan las focas que yo he muerto: veinticinco, que están enterradas en el hielo. Cuando las hayamos comido iremos todos á caza de otras.
—¿Y vosotros qué es lo que vais á hacer ahora? preguntó el hechicero á Kadlu en el tono que usaba para hablar con él, porque era el más rico de los tununirmiut.
Kadlu miró á la muchacha, á la hija de los países del Norte, y dijo calmosamente:
—Nosotros vamos á construir una casa.
Al decir esto señaló hacia el lado Noroeste de la suya, porque en este lado es donde suelen vivir allí el hijo ó la hija casados.
La joven levantó, entonces, las manos, vueltas las palmas hacia arriba, y sacudió ligeramente la cabeza como con aire incrédulo. Era ella una extranjera, dijo, que habían recogido hambrienta, y nada podía traer como dote á la casa.
Saltó, entonces, Amoraq del banco en que estaba sentada y comenzó á arrojar multitud de cosas en la falda de la niña: lámparas de piedra, raederas de hierro para las pieles, cafeteras de hoja de lata, pieles de reno con bordados hechos de dientes de buey almizclado, y verdaderas agujas capoteras como las que usan los marineros para coser las velas. Dote tan bueno como aquel jamás había sido entregado en los confines del Círculo Polar Ártico, y, al recibirlo, la joven del Norte inclinó la cabeza hasta tocar al suelo.