—¡También esto! dijo Kotuko riendo y señalando á los perros, que acercaron sus fríos hocicos á la cara de la niña.
—¡Ah! exclamó el angekok, tosiendo con aire importante, como si todo aquello lo tuviera ya él previsto. En cuanto Kotuko abandonó la aldea fuíme yo á la Casa del Canto y entoné canciones de magia. Pasé las noches cantando é invoqué al espíritu del Reno. Mis cantos fueron los que hicieron soplar el vendaval que rompió el hielo, y los que atrajeron á los dos perros hacia el sitio en que se hallaba Kotuko cuando estuvo á punto de morir aplastado. Una de mis canciones fué la que hizo que la foca siguiera detrás del roto hielo. Mi cuerpo reposaba inmóvil en el quaggi, pero mi espíritu vagaba lejos de él y guiaba á Kotuko y á los perros en todo cuanto hicieron. Yo lo hice todo.
Como cuantos se hallaban presentes estaban ya hartos de comida y soñolientos nadie se tomó el trabajo de contradecir aquellas afirmaciones, y el angekok, en virtud del privilegio que le daba su oficio, se sirvió aun otro pedazo de carne hervida, y se acostó, luego, con los demás en la tibia é iluminada casa que olía á aceite.
Ahora bien: Kotuko, que dibujaba perfectamente á lo inuit, grabó ciertos cuadros, que representaban todas las anteriores aventuras, en un largo pedazo de marfil en forma de plancha y con un agujero en uno de los extremos. Cuando en compañía de la muchacha fué hacia el Norte, á la Tierra de Ellesmere, en el año llamado del invierno maravilloso, dejó aquel cuadro, que era como una historia, á Kadlu, el cual lo perdió entre los guijarros un verano en que se le rompió el trineo, allá en la orilla del lago Netilling, en Nikosiring, y allí lo encontró uno de los habitantes del país á la primavera siguiente, vendiéndoselo en Imigen á un hombre que era intérprete de un ballenero del Estrecho de Cumberland, y éste, á su vez, se lo vendió á Hans Olsen, que fué después contramaestre de un vapor que llevaba viajeros al Cabo Norte en Noruega. Cuando terminó la estación de moda para estos viajes el vapor dedicóse á hacer la travesía entre Londres y Australia, con escala en Ceylán, y allí Olsen vendió la plancha de marfil á un joyero cingalés por zafiros falsos. Yo la encontré, finalmente, entre un montón de cosas inútiles en una casa de Colombo, y la he ido descifrando y traduciendo aquí de cabo á rabo.
An-gutivaun taina
(Lo que sigue es traducción muy libre de la «Canción del Cazador que regresa», según los hombres solían cantarla después de perseguir á las focas. El inuit repite siempre mil veces lo mismo).
Endurecidos por la sangre helada
nuestros guantes están, y por la nieve
que en montones se junta sobre el suelo
nuestros trajes de pieles.
De cazar focas regresamos... focas
que en los bancos de hielo vivir suelen.
¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq! Veloces
pasan trineos que volar parecen,
y al chasquido de látigos, los perros,
ladrando, al hogar vuelven.
De cazar focas regresamos... focas
que en los bancos de hielo vivir suelen.
Nosotros las seguimos paso á paso
á nuestras focas que se esconden siempre,
y al oir que escarbaban bajo tierra,
tendidos en la nieve,
las acechamos y al salir, la lanza
les arrojamos, como tantas veces...
así... y así... de tal manera hiriendo,
matando de tal suerte.
La sangre helada nuestros guantes cubre,
pésanos en los párpados la nieve...
pero á la esposa y al hogar volvemos
de los hielos perennes.
¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq! Cargados
van los trineos que volar parecen;
ya la esposa aguardando está al esposo
cuando él de los perpetuos hielos vuelve.