—¡Aoh! se limitó á decir Bagheera, que parecía distraída.
—Digo que si te parece que esté bien que la pantera negra se entretenga en abrir la boca, y dar ronquidos, y aullar, y revolcarse. Acuérdate de que tú y yo somos los amos de la Selva.
—Sí, es verdad. Ya te escucho, Hombre-cachorro.
Dió media vuelta Bagheera rápidamente y se sentó, cubiertos de polvo los raídos y negros ijares. (Estaba entonces mudando la piel del invierno).
—¡Seguramente que somos los amos de la Selva! continuó. ¿Quién hay que sea tan fuerte como Mowgli? ¿Quién que sepa tanto como él?
Había en la voz con que lo dijo un modo especial de arrastrar las palabras que hizo á Mowgli volverse para ver si había querido la pantera burlarse de él, porque la Selva está llena de vocablos que suenan de muy distinto modo de lo que significan.
—He dicho que sin ningún género de duda somos los amos de la Selva, repitió Bagheera. ¿He hecho mal? No sabía que el Hombre-cachorro no se echaba ya sobre la tierra. ¿Qué hace, pues? ¿Vuela?
Sentóse Mowgli con los codos apoyados sobre las rodillas, mirando á través del valle, á lo lejos, la luz del día. En algún rincón de los bosques que se veían en lo hondo, un pájaro ensayaba con ronca y aflautada voz las primeras notas de su canción primaveral. No era aquello más que una sombra del torrente de armonías que lanzaría más tarde; pero no escapó al oído de Bagheera.
—Dije que la época del Nuevo Lenguaje está cerca, gruñó la pantera, azotándose los ijares con la cola.
—Ya lo oigo, contestó Mowgli. Pero, Bagheera, ¿por qué te tiembla todo el cuerpo? El sol quema.