Correteos primaverales

¡El Hombre vuelve al Hombre! Decídselo á la Selva:
el que era nuestro hermano de nuevo va á partir.
¿Quién puede detenerle ni quién tras de sus pasos
irá, si parte al fin?
¡El Hombre vuelve al Hombre! Las lágrimas le ahogan
y en nuestra compañía no puede ya vivir.
¡El Hombre vuelve al Hombre! ¡Y tanto que nosotros
le amábamos!... Seguirle no es ya posible allí.

Diez y siete años debía de tener Mowgli al cumplirse dos después de la gran lucha contra los perros jaros y de la muerte de Akela. Alguna más edad representaba, porque el rudo ejercicio, los buenos alimentos, y los baños, siempre que el calor ó el polvo le molestaban, habíanle dado fuerzas y desarrollo superiores á su edad. Podía balancearse, sin parar, durante media hora, colgando de una rama sostenido sólo por una mano, cuando se le antojaba curiosear por entre los árboles. No le era difícil parar á un gamo en su carrera y tumbarlo, cogiéndolo por la cabeza. Se atrevía á voltear hasta á los grandes y feroces jabalíes azulados que viven en los Pantanos del Norte. El Pueblo de la Selva, que solía temerle antes por su ingenio, le temía ahora por su fuerza, y cuando andaba él ocupado en sus correrías silenciosas, el mero rumor de que se acercaba era suficiente para dejar despejados todos los senderos del bosque. Y, sin embargo, sus ojos miraban siempre bondadosamente. Hasta en plena lucha no despedían nunca aquellas llamaradas de los de Bagheera. Habíanse vuelto tan sólo más atentos y mostraban mayor excitación, siendo esto, precisamente, una de las cosas que la pantera no llegaba á entender.

Hízole alguna pregunta acerca de ello, y el muchacho se rió, contestando:

—Al errar un golpe me incomodo; cuando me ocurre tener que estar un par de días sin comer me incomodo aun más. ¿No se me ve, entonces, en los ojos el malhumor?

—Tu boca puede sentir hambre, repuso Bagheera, pero tus ojos no lo revelan. Cazando, comiendo ó nadando, siempre están lo mismo... como las piedras, tanto si hay sequía como si llueve.

Miróla Mowgli con aire perezoso á través de sus largas pestañas, y, como de costumbre, bajó la pantera la cabeza. Bagheera sabía que aquel era su amo.

Estaban los dos solos, tendidos cerca de la cumbre de una colina que dominaba al río Wainganga, y la niebla matutina se veía allá abajo, á sus pies, colgando en tiras blancas y verdes. Al elevarse por el horizonte cambióse en burbujantes mares de un color rojo dorado, se deshizo, y dejó paso á los rayos, que fueron á trazar luminosas franjas sobre la yerba seca en el sitio en que Mowgli y Bagheera estaban recostados. La estación fría tocaba entonces á su fin; las hojas y los árboles parecían gastados y marchitos, y, al soplar el viento, oíase un rumor seco y un tic-tac por todas partes. Una hojilla comenzó á golpear furiosamente contra una rama, como suele hacer toda hoja agitada por una corriente de aire. Á Bagheera logró despabilarla, porque se puso á olfatear el aire matinal con profundo y cavernoso ronquido, tendióse de espaldas, y con las patas delanteras golpeó también la hojilla que se movía sobre su cabeza.

—El año va á cambiar, dijo. La Selva avanza. La época del Nuevo Lenguaje se acerca. Esa hojuela lo sabe. ¡Qué bien!

—La yerba está seca, contestó Mowgli, arrancando un puñado. Hasta los ojos de primavera (que son unas flores rojas, como de cera, en forma de trompetillas, y que crecen entre la yerba), hasta los ojos de primavera no se han abierto aún, y... Oye Bagheera ¿te parece que está bien que la pantera negra esté echada así de espaldas, y se entretenga en dar manotazos en el aire como si fuera un gato montés?