—No sé... ni me importa averiguarlo, dijo soñoliento. Durmamos, Bagheera. ¡Siento una cosa en el pecho! Déjame reclinar la cabeza contra tu cuerpo.
Echóse la pantera, de nuevo, dando un suspiro, porque oía á Ferao ensayando una y otra vez su canción para la época de primavera, ó del Lenguaje Nuevo, como ellos dicen.
En las selvas indias, las estaciones se deslizan pasando de una á otra casi sin que se note separación entre ellas. No parece haber más que dos: la húmeda y la seca; pero mirando atentamente, por debajo de los torrentes de lluvia, y de las nubes de polvo, y de cosas carbonizadas, notaréis que las cuatro van sucediéndose según el ciclo acostumbrado. La primavera es la más admirable, porque no tiene que cubrir de hojas nuevas y de flores un campo limpio y desnudo, sino llevarse y arrinconar los montones de cosas medio verdes que sobreviven y cuelgan aún, respetadas por el suave invierno, y hacer, de paso, que la tierra envejecida vuelva á sentirse nueva y joven una vez más. Y esto, de tal modo lo hace que no existe en el mundo primavera que pueda compararse con la de la Selva.
Hay un día en que todas las cosas parecen fatigadas, y hasta los mismos olores, al elevarse por el pesado aire, dijérase que han envejecido, que están ya harto usados. Es una sensación inexplicable, pero que se experimenta. Luego, llega otro día (y es de advertir que para la vista nada ha cambiado) en que todos los olores son nuevos y deliciosos, y, al sentirlos, al Pueblo de la Selva le tiemblan los bigotes hasta las mismas raíces, comenzando á caérsele de los ijares el pelo del invierno en largos y sucios mechones. Entonces, si por casualidad llueve un poco, todos los árboles y matorrales, todos los bambúes, y musgos, y plantas de hojas jugosas, despiertan de sus sueños con unos rumores y un desarrollo súbito que casi podría decirse que se les oye crecer, y por debajo de todo esto corre día y noche otro rumor, una especie de profundo zumbido. Es el susurro de la primavera: algo que vibra en el aire, y que no es ruido de abejas, ni de agua que cae, ni de viento en las copas de los árboles, sino la especie de arrullo del mundo que se siente feliz.
Hasta aquel año Mowgli había disfrutado siempre con el cambio de las estaciones. El era, generalmente, el que antes que nadie veía el primer ojo de primavera escondido entre la yerba, y la primera aglomeración de nubes primaverales, que son características en la Selva. Su voz podía oirse en todas partes, en los sitios húmedos, donde brillaban las estrellas, donde hubiera algo que floreciera, uniéndose al coro de las ranas, ó imitando á los buhos pequeños que graznan, haciendo las cosas al revés, durante las noches claras. Como todos los suyos, escogía para sus correrías la estación primaveral, yendo de un sitio á otro por el mero placer de ir corriendo y de sentir el aire tibio durante ocho, diez, ó más leguas, entre la hora del crepúsculo y la del alba, volviendo luego jadeante, sonriente y coronado de extrañas flores. Los cuatro no le seguían en sus salvajes correrías por la Selva, sino que iban á cantar sus canciones con los otros lobos. El Pueblo de la Selva suele estar muy ocupado en la primavera, y Mowgli le oía gruñir, gritar ó silbar según la especie á que pertenecían sus individuos. Su voz es en aquella época diferente de lo que suele ser en otras, y ésta es una de las razones que existen para que en la Selva se llame la primavera la época del Lenguaje Nuevo.
Pero en aquella ocasión, según Mowgli le dijo á Bagheera, su pecho había cambiado. Desde que los brotes del bambú habían adquirido un color moreno, lleno de manchas, que estaba él esperando que llegara la mañana en que cambiaran todos los olores. Pero cuando esa mañana llegó, y Mor, el pavo real, resplandeciente en sus luminosos colores bronce, azul y oro, lanzó su agudo grito desde los bosques, y Mowgli abrió la boca para contestar con otro suyo, las palabras se le quedaron entre los dientes, y experimentó una sensación que empezó en los dedos de los pies y acabó en el cabello... una sensación de malestar, de tan hondo aplanamiento, que se examinó cuidadosamente para asegurarse de que no había pisado ninguna espina. Dió Mor el grito que señalaba los nuevos olores, repitiéronlo las demás aves, y allá por las rocas del Wainganga oyó el muchacho resonar el ronco grito de Bagheera, algo que participaba del del águila y del relincho del caballo. En las ramas cubiertas de retoños, situadas sobre la cabeza de Mowgli, hubo chillidos y fugas de Bandar-log, mientras él se quedaba allí de pie, lleno del deseo de contestar á Mor, y no haciendo más que prorrumpir en sollozos que el sentimiento de su infelicidad le arrancaba.
Tendía en torno suyo la mirada, pero nada más veía que los burlones Bandar-log correteando por entre los árboles y Mor haciendo la rueda, brillando en todo su esplendor, allá abajo, en los declives.
—¡Los olores han cambiado! gritaba Mor. ¡Buena suerte, Hermanito! ¿Por qué no contestas?
—¡Hermanito, buena suerte! silbaron Chil, el milano, y su compañera, descendiendo juntos por el aire en rápido vuelo. Ambos pasaron tan cerca de Mowgli que, al rozar con él, algo de suave y blanco plumón se desprendió de sus alas.
Ligera lluvia primaveral (lluvia de elefante, como ellos dicen allí) pasó á través de la Selva, formando una faja de más de medio kilómetro de ancho, dejó tras de sí mojadas las hojas y moviéndose, y, al fin, terminó con un doble arco iris y algunos truenos. El zumbido especial de la primavera rompió todo freno por un momento y después quedó en silencio; pero todos los habitantes de la Selva parecían gritar á la vez. Sólo faltaba que á ellos se sumara Mowgli.