—He comido buenos alimentos, dijo éste entre sí, y buena agua he bebido. No arde mi garganta ni parece cerrarse, como cuando mordí la raíz de manchas azuladas que Oo, la tortuga, me dijo que era alimento sano. Pero siento el pecho oprimido, y he hablado con violencia á Bagheera y á otros, á los de la Selva, en general, y á los míos. Por otra parte, ya siento calor, ya frío, ó bien ni calor ni frío, pero malhumor contra algo que no acierto á ver. ¡Huhu! ¡Hora es ya de correr! Esta noche atravesaré los campos; sí, emprenderé mi carrera primaveral á los Pantanos del Norte, y volveré aquí otra vez. Hace demasiado tiempo que cazo con harta comodidad. Los cuatro vendrán conmigo, porque se están poniendo gordos como gorgojos.
Llamólos entonces, pero ninguno de los cuatro le contestó. Hallábanse donde no podían oirle, cantando las canciones de primavera (las de la Luna y del Sambhur) con los lobos de la manada; porque en la estación primaveral el Pueblo de la Selva no halla, apenas, diferencia entre el día y la noche. Dió el agudo grito semejante á un ladrido, pero la única contestación que obtuvo fué el burlón miau del pequeño gato montés moteado, que se arrastraba tortuosamente por entre las ramas, buscando nidos tempranos. Al oirlo tembló de coraje y echó mano al cuchillo. Luego adoptó un continente altivo, aunque nadie había allí que pudiera verlo, y bajó á grandes pasos y muy serio por la falda de la colina, alta la barbilla y fruncidas las cejas. Pero ni uno de los suyos le hizo la menor pregunta, porque harto ocupados estaban todos con sus propios asuntos.
—Sí, dijo entre sí Mowgli, aunque en el fondo de su pecho bien veía que no tenía razón: que vengan del Dekkan los perros jaros, ó que se agite la Flor Roja entre los bambúes, y toda la Selva corre lloriqueando á precipitarse á los pies de Mowgli, dándole grandes calificativos como si fuera un elefante. Pero ahora, porque los ojos de primavera se han vuelto rojos, y á Mor se le ocurre enseñar las desnudas piernas en sus danzas de primavera, la Selva se vuelve loca, como Tabaqui... ¡Por el toro que me rescató! ¿Soy ó no soy el amo de la Selva? ¡Silencio! ¿Qué es lo que hacéis ahí?
Por uno de los senderos descendían corriendo dos lobos jóvenes pertenecientes á la manada, buscando campo abierto en que poder luchar. (Ya recordaréis que la Ley de la Selva prohibe el pelearse donde pueda verlo el resto de la manada). Tenían los pelos del pescuezo erizados, como si fueran alambres, y ladraban furiosamente, acercándose agachados uno á otro, prontos á dar la primera acometida. Dió Mowgli un salto hacia delante y cogió con cada mano uno de aquellos estirados pescuezos, creyendo poder lanzar hacia atrás ambos animales, como había hecho muy á menudo en juegos ó cacerías de la manada. Pero nunca había tenido que intervenir en ninguna de las luchas de primavera. Ambos saltaron hacia delante y lo echaron al suelo, después de lo cual, y sin perder tiempo en decir nada, se agarraron, y así fueron rodando y rodando.
Casi antes de llegar al suelo estaba ya Mowgli de pie, desnudo el cuchillo, enseñando los dientes, y deseando en aquel momento matarlos á uno y otro, nada más que por luchar cuando él quería que se estuvieran quietos, aunque según la Ley, todo lobo tiene el indiscutible derecho de pelearse. Dió vueltas en torno de los dos, encogidos los hombros, temblorosa la mano, preparándose á darles de cuchilladas cuando hubiera pasado la primera furia del ataque; pero, esperando, sus fuerzas parecieron abandonarle, la punta del cuchillo fué bajándose, y acabó por volverlo á la vaina y quedarse mirando.
—No hay duda que he comido algo que es veneno, dijo, al fin, suspirando. Desde que interrumpí el Consejo con la Flor Roja... desde que maté á Shere Khan... ni uno sólo de los de la manada era capaz de echarme al suelo. ¡Y éstos no son más que zagueros de la manada... cazadores sin importancia! He perdido la fuerza, y no tardaré en morirme. ¡Ah! ¿Por qué, Mowgli, no los matas á los dos?
Continuó la lucha hasta que uno de ambos lobos huyó, y el muchacho se quedó solo, sobre aquella tierra removida y ensangrentada, mirando ora su cuchillo, ora sus piernas y brazos, mientras la sensación de profundo aplanamiento, de honda infelicidad que jamás había experimentado hasta entonces, pesaba sobre él como el agua pesa sobre un leño que cubre.
Cazó temprano aquella noche y no comió más que un poco, á fin de hallarse en disposición de emprender su carrera primaveral, comiendo ese poco él solo, porque todo el Pueblo de la Selva se hallaba lejos, cantando ó luchando unos con otros. La noche, magnífica, era una de aquéllas que ellos llaman blancas. Todas las plantas parecían haber crecido tanto desde la mañana como si hubiera ya transcurrido un mes. La rama que el día antes mostraba hojas amarillas dejaba correr ahora la savia al romperla Mowgli. Los musgos se enroscaban tibios y mullidos, por encima de sus pies; la yerba nueva no cortaba aún al tocarla, y todas las voces de la Selva resonaban como una sola cuerda de arpa que la luna pulsara... la Luna de la temporada del Lenguaje Nuevo, que lanzaba de lleno su luz sobre las rocas y las lagunas, la deslizaba entre los troncos y las enredaderas, y la filtraba á través de millones de hojas. Olvidándose de lo desdichado que le parecía ser, Mowgli cantaba en alta voz con el más puro júbilo al emprender su carrera. Tenía ésta, más bien, algo del vuelo, porque había él escogido como punto de partida la larga y rápida pendiente que conduce á los Pantanos del Norte, atravesando por el corazón de la Selva, donde el terreno, verdaderamente elástico, por la yerba, amortiguaba el ruido de sus pasos. Un hombre que hubiera sido educado entre los hombres habría tenido en su camino no pocos tropiezos, engañado por la vaga luz de la luna; pero los músculos de Mowgli, adiestrados ya por los años de experiencia que tenía, le sostuvieron con la misma facilidad que si fuera una pluma. Cuando algún leño podrido ó una piedra escondida se torcían bajo sus plantas, él seguía adelante como si tal cosa, sin moderar su velocidad, sin el menor esfuerzo, ni preocuparse lo más mínimo. Cuando estaba cansado de caminar por el suelo echaba al aire las manos, asiéndose como un mono de algunas de las enredaderas más próximas, y parecía flotar, más bien que encaramarse, llegando hasta las más delgadas ramas de los árboles, desde donde seguía alguno de los caminos arbóreos, hasta que cambiaba de idea y se lanzaba al suelo otra vez, describiendo una larga curva. Había sitios silenciosos, cálidos y profundos, rodeados de húmedas rocas, donde casi no podía respirar por los fuertes olores que se desprendían de las flores nocturnas y de los capullos de las enredaderas; obscuras avenidas en que la luz de la luna formaba sobre el suelo brillantes fajas, puestas con la misma regularidad que si fueran piezas de mármol colocadas en la nave de una iglesia; espesos y húmedos matorrales en que los nuevos brotes le llegaban al pecho y parecían echarle los brazos alrededor de la cintura; cimas de montaña coronadas de rocas hechas pedazos, donde saltaba de piedra en piedra por encima de las zorreras en que las raposas pequeñas se ocultaban asustadas. Oía, á veces, muy débil y lejano, el chug-drug, el ruido, de un jabalí afilando sus colmillos contra un tronco, y se encontraba con el enorme animal arañando y arrancando la corteza de un altísimo árbol, llena de espumarajos la boca y echando llamas los ojos. O bien se desviaba algo al oir un ruido de cuernos chocando y silbantes gruñidos, y pasaba como una exhalación por delante de un par de sambhurs enfurecidos que se movían como vacilantes, baja la cabeza, cubiertos de rayas de sangre que á la luz de la luna parecían negras. Finalmente, en algún vado oía á Jacala, el cocodrilo, dando bramidos como un buey, ó separaba á una pareja perteneciente al Pueblo venenoso; pero antes de que pudieran picarle estaba ya lejos, cruzando por los brillantes guijarros, y se internaba de nuevo en la Selva.
Así fué corriendo, unas veces gritando, otras cantando, sintiéndose ya entonces el más feliz de cuantos seres viven allí, hasta que, al fin, el olor de las flores le indicó que se hallaba cerca de los pantanos, y éstos estaban mucho más lejos de los límites de su acostumbrado cazadero.
Aquí, también, cualquier hombre entre los hombres educado habríase hundido hasta el cuello á los tres pasos; pero dijérase que Mowgli tenía ojos en los pies y que aquéllos lo llevaban de mata en mata movediza, vacilante, sin necesidad de pedir auxilio á los ojos de la cara. Corrió hacia el centro de la ciénaga, asustando á los patos al pasar, y se sentó sobre un tronco de árbol cubierto de musgo y caído sobre el agua negruzca. Todos los moradores del pantano estaban despiertos en torno suyo, porque en la Primavera el Pueblo de los pájaros tiene muy ligero el sueño, y así toda la noche estuvieron yendo de un lado á otro en gran número. Pero ninguno de ellos hizo el menor caso de Mowgli que, sentado entre las altas cañas, susurraba canciones sin palabras y se miraba las plantas de los pies, morenos y endurecidos, para ver si le había quedado clavada allí alguna espina. Toda su infelicidad parecía haberla dejado atrás, en la Selva; pero comenzaba, precisamente, á entonar una de sus canciones á grito pelado cuando volvió á apoderarse de él... y diez veces peor que antes.