En medio de la excitación que sentía al recordar la lucha en las orillas del Wainganga, pronunció Mowgli las últimas palabras gritando, y la hembra de un búfalo salvaje que estaba entre las cañas levantóse del suelo, poniéndose sobre las rodillas, y dijo dando un bufido:
—¡Un hombre!
—¡Uh! contestó Mysa, el búfalo (Mowgli lo oía moverse en su charco), eso no es un hombre. No es más que el lobo pelón de la manada de Seeonee. En noches como ésta anda corriendo de un lado á otro.
—¡Uh! dijo, también, la hembra, bajando otra vez la cabeza para pacer: creí que era un hombre.
—Te digo que no. ¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? mugió entonces Mysa.
—¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? repitió el muchacho burlándose. ¡Eso es lo único que piensa Mysa: si hay algún peligro! Pero de Mowgli, que va por la noche de un lado á otro vigilando ¿qué se le importa?
—¡Cómo grita! exclamó la hembra.
—Así gritan, dijo Mysa con aire despreciativo, los que cuando han arrancado la yerba no saben luego cómo arreglarse para comerla.
—Por mucho menos que esto, dijo entre sí Mowgli, por mucho menos, en la época de las lluvias, hubiera yo pinchado á Mysa hasta sacarlo de su charco, y, montado en él, lo hubiera llevado á través del pantano atado con una cuerda de juncos.
Tendió la mano para romper uno de éstos, pero volvió á retirarla dando un suspiro. Mysa siguió rumiando imperturbable, y la larga yerba iba clareando donde el búfalo pacía.