—No quiero morir aquí, dijo Mowgli incomodado. Mysa, que es de la misma sangre de Jacala y del jabalí, me vería. Vamos más allá de los pantanos á ver qué ocurre. Nunca he emprendido una carrera como ésta: siento frío y calor á la vez. ¡Animo, Mowgli!
No pudo resistir á la tentación de deslizarse, escondido entre los juncos, hasta llegar á donde estaba Mysa y darle un pinchazo con la punta de su cuchillo. El enorme búfalo salió, chorreando, de su charco, como una bomba al explotar, mientras á Mowgli fué tal la risa que le acometió que tuvo que sentarse.
—Anda ahora y dí que el lobo pelón de la manada de Seeonee te ha tratado como á un búfalo de rebaño, Mysa, gritó.
—¿Lobo, tú? dijo, dando bufidos, el búfalo y pateando sobre el barro. Toda la Selva sabe que guardabas ganado... que eres un rapaz como ésos que gritan entre el polvo, allá lejos, en los campos. ¿Tú, uno de los de la Selva?... ¿Qué cazador se hubiera arrastrado como una serpiente entre sanguijuelas, y, por una broma indigna... por una broma de chacal... me habría avergonzado delante de mi hembra? Sal afuera, á la tierra firme, y verás... verás lo que te hago...
Lanzaba el animal espumarajos de rabia, porque Mysa es tal vez quien peor genio tiene en toda la Selva. Mowgli mirábale con ojos que reflejaban inalterable calma, mientras el otro daba bufidos. Cuando pudo hacerse oir entre el ruido del barro que saltaba en chispas, dijo:
—¿Qué manada de Hombres hay por aquí, cerca de los pantanos, Mysa? Yo no conozco esta parte de la Selva.
—Vete hacia el Norte, pues, bramó furioso el búfalo, porque el pinchazo de Mowgli había sido bastante fuerte. Eso ha sido una burla digna de un vaquero como tú. Anda y cuéntasela á los de la aldea, allá al extremo del pantano.
—Á las manadas de hombres no les gustan los cuentos de la Selva, y no me parece, Mysa, que porque muestres un arañazo más ó menos en la piel es cuestión de reunir un consejo. Pero iré á dar un vistazo á esa aldea. Sí, iré. ¡Calma, ahora, calma! No se ofrece cada noche la ocasión de que el dueño de la Selva venga á guardarte mientras paces.
Saltó sobre la tierra movediza al extremo del pantano, sabiendo perfectamente que Mysa no le embestiría allí, y echó á correr, riéndose al pensar en lo rabioso que se había puesto el búfalo.
—No he perdido aún toda la fuerza, dijo. Tal vez el veneno no me ha llegado todavía hasta los huesos. Allá lejos hay una estrella, muy baja.