Al decirlo, miróla por entre las manos casi cerradas.
—¡Por el toro que me rescató! ¡Es la Flor Roja!... la Flor Roja junto á la cual me senté yo antes... antes de ir á unirme á la primera manada de Seeonee. Ahora que lo he visto daré aquí por acabada mi carrera.
El pantano terminaba en una ancha llanura en la cual parpadeaba una luz. Largo tiempo había transcurrido desde la última vez que Mowgli se mezcló en los asuntos de los hombres, pero aquella noche el resplandor de la Flor Roja le indujo á seguir adelante.
—Daré una ojeada, se dijo, como otra vez en tiempos pasados, y veré si la manada humana ha cambiado mucho.
Olvidándose de que no se hallaba ya en su Selva, donde podía hacer cuanto se le antojara, comenzó á correr descuidadamente por la yerba, húmeda de rocío, hasta que llegó á la choza donde ardía la luz. Tres ó cuatro perros avisaron su llegada ladrando, pues se hallaba ya en los alrededores de una aldea.
—¡Eh! dijo Mowgli, sentándose sin producir el menor ruido, después de lanzar un aullido de lobo que redujo al silencio á los gozques. Suceda lo que suceda. Mowgli ¿qué tienes tú que ver con los cubiles en que vive la manada de los hombres?
Pasóse, al decirlo, la mano por la boca, acordándose de que una piedra fué á herirla, años atrás, cuando la otra manada humana le arrojó de su seno.
Abrióse la puerta de una choza y apareció una mujer que miró hacia la obscuridad de afuera. Lloró un chiquillo, y la mujer dijo por encima del hombro:
—Duerme. No era más que un chacal que despertó á los perros. Pronto se hará de día.
Mowgli, oculto en la yerba, comenzó á temblar como atacado de fiebre. Conocía perfectamente aquella voz; pero, para estar más seguro, gritó suavemente, sorprendido él mismo de la facilidad con que podía aún hacer uso del lenguaje de los hombres: