—¡Messua! ¡Messua!
—¿Quién llama? preguntó la mujer con voz temblorosa.
—¿Me has olvidado ya? dijo Mowgli, que al hablar sentía completamente seca la garganta.
—Si eres tú ¿cuál es el nombre que te dí? ¡Dime!
Había entornado la puerta y apretaba una de sus manos contra el pecho.
—¡Nathoo! ¡Nathoo! dijo Mowgli, porque, como recordaréis, éste era el nombre que le dió Messua cuando fué por primera vez á unirse á la manada de los hombres.
—Ven, hijo mío, gritó ella, y Mowgli, adelantándose hacia la luz, miró cara á cara á Messua, la mujer que tan bondadosa había sido con él y cuya vida salvó el muchacho, en pago, largo tiempo hacía. Hallóla más vieja, con el cabello gris, pero ni sus ojos ni su voz habían cambiado. Como mujer que era, esperaba ver á Mowgli tal como cuando le dejó, y su mirada vagaba perpleja desde el pecho de aquél á la cabeza, que llegaba al dintel de la puerta.
—¡Hijo mío! balbuceó; y luego, echándose á sus pies, siguió diciendo:
—Pero ya no eres ahora mi hijo, sino un dios de los bosques ¡ay!