De pie como estaba; alumbrado por la roja luz de la lámpara de aceite; fornido, alto, hermoso; cayéndole sobre los hombros el largo cabello negro; pendiente de su cuello el cuchillo, que se balanceaba; coronada de blancos jazmines la cabeza, fácilmente podía tomársele por alguno de los dioses de que hablan las leyendas de la Selva. El chiquillo, medio dormido en su cuna, se levantó, comenzando á gritar aterrorizado. Volvióse Messua para apaciguarlo, mientras Mowgli se quedaba inmóvil, parado, mirando los jarros y las cacerolas, el arcón del grano y todos los otros útiles que usan los hombres y que él vió que recordaba perfectamente.
—¿Quieres comer ó beber algo? dijo Messua como susurrando las palabras. Todo esto es tuyo. Nosotros te debemos la vida. Pero ¿de veras eres tú aquél á quien yo llamé Nathoo, ó bien un dios?
—Soy Nathoo, contestó Mowgli. He ido á parar muy lejos de mis propios lugares. Ví esta luz y vine. No sabía que estuvieras tú aquí.
—Después de habernos ido á Khanhiwara, dijo Messua tímidamente, los ingleses se prestaron á ayudarnos para ir contra aquella gente que nos quería quemar. ¿Te acuerdas?
—¡Ya lo creo! No lo he olvidado.
—Pero cuando la ley inglesa lo tuvo todo preparado fuimos á la aldea de aquella gente tan mala y nos hallamos con que no existía ya.
—También de eso me acuerdo, dijo Mowgli acompañando las palabras con un ligero estremecimiento de las ventanas de la nariz.
—Mi hombre, pues, púsose á trabajar en los campos al servicio de otro, y, al fin (porque realmente era hombre muy fuerte), tuvimos alguna porción de tierra propia. No es tan buena como la de la otra aldea, pero no necesitamos mucho... los dos.
—¿Dónde está él... el hombre que escarbaba en la tierra cuando tenía miedo... aquella noche?
—Está muerto... hace un año.