—¿Y éste? dijo Mowgli señalando al chiquillo.
—Es mi hijo, que nació dos lluvias hace. Si tú eres un dios haz que la Selva lo proteja, que no le ocurra nunca nada entre tu... entre tu gente, del mismo modo que nos protegiste aquella noche.
Levantó en brazos al niño, que, olvidándose ya del pasado miedo, se abalanzó al cuchillo que colgaba del cuello de Mowgli y se puso á jugar con la hoja, por lo que éste le apartó los deditos con gran cuidado.
—Y si tú eres Nathoo, el que el tigre se llevó, siguió diciendo Messua, ahogando un sollozo, entonces él es tu hermanito. Dale tu bendición como hermano mayor.
—¡Hai-mai! ¿Y qué sé yo de eso que se llama bendición? Yo no soy ni un dios ni tampoco su hermano y... ¡oh, madre, madre! tengo el corazón oprimido...
Al colocar al chiquillo en el suelo Mowgli sintió un estremecimiento.
—¡Claro está! dijo Messua, muy atareada con sus cacerolas. Esto proviene de ir corriendo por los pantanos, de noche. No hay duda de que las fiebres se han apoderado de tí hasta los huesos.
Sonrióse Mowgli ante la idea de que hubiera algo en la Selva que pudiera hacerle daño.
—Voy á encender fuego y beberás leche caliente. Quítate la corona de jazmines: el olor es demasiado fuerte para sitio tan pequeño como éste.
Sentóse Mowgli, hablando entre dientes y ocultando la cara entre las manos. Toda suerte de extrañas sensaciones nunca experimentadas antes por él, le asaltaban ahora, ni más ni menos que si estuviera envenenado, sintiendo mareo. Bebió la leche caliente á grandes sorbos, mientras Messua le daba de cuando en cuando con la mano cariñosos golpecitos en el hombro, no muy segura de si aquél era su hijo Nathoo, el de pasados tiempos, ó algún ser maravilloso venido de la Selva; pero de todos modos alegrándose de que, cuando menos, fuera de carne y hueso.