—Hijo, exclamó al fin (y al decirlo sus ojos brillaban de orgullo) ¿no te ha dicho nadie que eres hermoso, más hermoso que todos los hombres?
—¿Eh? contestó Mowgli, porque, naturalmente, nunca había oído semejante cosa.
Rióse Messua cariñosamente y con aire de felicidad. Con la expresión que en la cara de él se descubría le bastaba.
—¿Yo soy la primera, pues? Es justo, aunque pocas veces ocurra, que una madre diga estas cosas agradables á su hijo. Eres hermoso. Nunca he visto un hombre que lo fuera tanto.
Volvió Mowgli la cabeza intentando mirarse por encima del robusto hombro, y Messua rióse, nuevamente, durante tanto rato que Mowgli, sin saber por qué, tuvo que imitarla, y el chiquillo corría de uno á otro, riendo también.
—No, tú no te has de reir de tu hermano, dijo Messua cogiéndolo y acercándolo á su pecho. Cuando tengas nada más que la mitad de su hermosura te casaremos con la más joven de las hijas de un rey, y entonces irás montado en grandes elefantes.
No entendía Mowgli ni una palabra de todo esto, y como, por otra parte, la leche caliente comenzaba á producirle efecto después de una carrera tan larga, acomodóse para entregarse al sueño, y al cabo de un minuto se quedó profundamente dormido, mientras Messua le apartaba el cabello que tenía caído sobre los ojos, lo cubría con un pedazo de tela, y se sentía feliz al contemplarle. Según costumbre en la Selva, durmió Mowgli lo que faltaba para terminar aquella noche y además todo el día siguiente, pues el instinto, nunca del todo adormecido, le advertía que nada tenía que temer. Al fin, despertóse dando un salto que hizo temblar la choza, porque la tela que sentía sobre la cara le había hecho soñar que caía en alguna trampa, y, así, se quedó de pie, puesta la mano en el cuchillo, llenos aún de sueño los asustados ojos, pronto para cualquier lucha que se ofreciera.
Rióse Messua y puso frente á él la comida de la tarde. No la constituían más que algunas bastas tortas, cocidas sobre un fuego que las dejó ahumadas, un poco de arroz y otro poco de conserva agria hecha de tamarindos: nada más que lo suficiente para esperar á que pudiera cazar algo por la noche. El olor del rocío en los pantanos le había abierto el apetito y excitado sus nervios. Deseaba terminar su interrumpida carrera primaveral; pero empeñóse el chiquillo en que lo tuviera en brazos y Messua en que, de todos modos, había de peinarle ella á su Nathoo el largo cabello de color de ala de cuervo. Púsose, pues, la mujer á peinarlo mientras cantaba cancioncillas sin sentido para dormir chiquillos, ya llamando á Mowgli hijo suyo, ya suplicándole que le diera á su niño un poco de su poder sobrenatural. La puerta de la choza estaba cerrada, pero Mowgli oyó un ruido que conocía perfectamente, y vió como el rostro de Messua se desencajaba horrorizado, al notar que una enorme pata pasaba por debajo de la puerta y al oir que, del otro lado de ésta, á fuera, sonaba un gemido ronco y lastimero en el que se mezclaban el arrepentimiento, la ansiedad y el temor.
—¡Quédate ahí y espera! Cuando llamé no quisiste venir... dijo Mowgli en el lenguaje de la Selva, sin volver la cabeza, y entonces desapareció la gran pata gris.
—No... no traigas contigo á tus... á tus servidores, dijo Messua. Yo... nosotros... hemos vivido siempre en paz con los de la Selva.