—En son de paz viene, contestó Mowgli levantándose. Acuérdate de aquella noche que pasaste en el camino de Khanhiwara. En torno tuyo había docenas como éste. Pero veo que hasta en la época de la primavera no siempre olvida el Pueblo de la Selva. Madre, me voy.

Apartóse Messua humildemente (no hay duda, pensó, de que es un dios de los bosques); pero al poner Mowgli la mano sobre la puerta pudieron más que nada en la pobre mujer sus sentimientos de madre y le arrojó los brazos al cuello una y otra vez.

—¡Vuelve! murmuró. Seas ó no hijo mío, vuelve, porque te quiero... Mira, hasta él también siente que te vayas, añadió señalando al chiquillo.

Lloraba éste porque veía que el hombre que llevaba aquel cuchillo brillante se iba.

—Vuelve alguna otra vez, repitió Messua. Ni de día ni de noche estará cerrada esta puerta para tí.

Sentía Mowgli como si con cuerdas le tiraran de la garganta, y su voz pareció salir de ella como arrancada con dificultad, al contestar:

—Con seguridad que volveré. Y ahora, añadió, dirigiéndose al lobo y apartándole la cabeza, que se acercaba á él cariñosamente cuando trasponía ya el umbral, ahora tengo una queja que darte, Hermano Gris. ¿Por qué no acudisteis los cuatro juntos cuando os llamé hace tanto tiempo?

—¿Tanto tiempo? Si no fué más que ayer noche. Yo... nosotros... estábamos cantando en la Selva las nuevas canciones, porque ésta es la época del Lenguaje Nuevo. ¿Te acuerdas?

—Es verdad, es verdad.

—Y en cuanto hubimos cantado las canciones, siguió diciendo prontamente el Hermano Gris, yo me fuí tras de tu rastro. Me adelanté á todos los demás y seguí sin parar un momento. Pero, Hermanito ¿qué has hecho viniéndote á comer y á dormir con la manada de los hombres?