—¿Yo?... ¿Yo? ¿Cómo podía yo adivinar que iba á ocurrírsele el jugar con gentuza de esta calaña? ¡El Pueblo de los Monos! ¡Qué asco!

Nueva lluvia cayó sobre ellos, y ambos echaron á correr hacia otro sitio, llevándose consigo á Mowgli.

Lo que Baloo había dicho de los monos era la pura verdad. Ellos vivían en las copas de los árboles, y como las fieras rara vez miran hacia lo alto, no se ofrecía nunca la ocasión de que se cruzaran en el mismo camino. Pero siempre que veían un lobo enfermo, un tigre herido ó un oso, los monos se divertían en atormentarle, y arrojaban palos y nueces á cualquier fiera, sólo por divertirse y por el gusto de llamar la atención. Entonces aullaban, chillaban luego canciones sin sentido alguno, invitando al Pueblo de la Selva á encaramarse en sus árboles para pelear, ó bien se enredaban en furiosas batallas entre ellos mismos por cualquier fruslería, y dejaban después los muertos donde el Pueblo de la Selva pudiera verlos. Siempre estaban á punto de tener un jefe, de poseer leyes y usos propios, pero nunca lo lograban, porque de un día al otro se les borraba todo de la memoria, y así se contentaban con decir constantemente esta misma frase: «Lo que los Bandar-log piensan ahora toda la Selva lo pensará después,» y esta idea les consolaba. Ninguna de las fieras podía llegar hasta sus alturas; pero, por otra parte, ninguna se fijaba en ellos, y de ahí su alegría cuando vieron que Mowgli iba á buscarles para mezclarse en sus juegos y que esto irritaba grandemente á Baloo.

No se propusieron pasar de ahí, porque los Bandar-log nunca se proponen nada; pero ocurriósele á uno de ellos una idea que le pareció magnífica, y la expuso á los demás, persuadiéndoles de que convenía á la tribu conservar á una persona tan útil como Mowgli, porque él sabía entrelazar ramas de modo que protegieran contra el viento, y así, si le cogían, podrían obligarle á que les enseñara. Claro es que Mowgli, como hijo de leñador, había heredado de su padre toda clase de instintivas habilidades, y solía construir chozas con las ramas caídas, sin pensar siquiera en que tal cosa supiese hacer; mas el Pueblo de los Monos, observándolo desde los árboles, consideraba aquel simple juego como una maravilla. Lo que es esta vez, decían, iban, verdaderamente, á tener un jefe, y á ser el pueblo más sabio de toda la Selva... tan sabio que á todos causaría admiración y envidia. Siguieron, como consecuencia de todo esto, con el mayor sigilo, á Baloo, Bagheera y Mowgli á través de la selva, hasta que llegó la hora de la siesta, y Mowgli, que se sentía en realidad avergonzado de sí mismo, se durmió entre la pantera y el oso, resolviendo no tener más tratos con el Pueblo de los Monos.

Después de esto, lo único que recordó fué el haber sentido el contacto de unas manos sobre sus piernas y brazos (manos duras, fuertes y chiquitas), y en seguida el choque de unas ramas en la cara, y luego el hallarse mirando hacia abajo á través del movedizo ramaje, mientras Baloo despertaba á toda la selva con sus roncos gritos y Bagheera saltaba tronco arriba del árbol, enseñando todos los dientes. Aullaron los Bandar-log con aire de triunfo, y se acogieron, jugueteando, á las más altas ramas, donde Bagheera no se atrevió á seguirlos. Entre tanto gritaban:

—¡Se ha fijado en nosotros! ¡Bagheera se ha fijado en nosotros! ¡Todo el Pueblo de la Selva nos admira por nuestra habilidad y astucia!

Comenzaron, entonces, su huída, y esa huída del Pueblo de los Monos á través del país arbóreo es una de las cosas verdaderamente indescriptibles. Tienen sus caminos reales y sus atajos, sus subidas y bajadas, todo trazado á quince, veinte ó treinta metros sobre el nivel del suelo, y por allí pueden viajar hasta de noche, si es preciso. Dos de los monos más fuertes cogieron á Mowgli por los sobacos, y se lo llevaron atravesando las copas de los árboles, dando saltos de una altura como de seis metros. Á haber ido completamente libres, su velocidad hubiera sido mayor; pero el peso del muchacho les embarazaba y detenía algo. Por más que se sintiera mareado y medio enfermo, Mowgli no pudo menos de deleitarse en aquella loca carrera, aunque los trozos de tierra que vislumbraba allá abajo le aterrorizaban, y aquel pararse y partir de nuevo al fin de cada balanceo en el vacío le tenía con el alma en un hilo. Llevábanle sus acompañantes hacia lo más alto de la copa de un árbol, hasta que sentía crujir y doblarse con su peso las más delgadas ramas de la cima, y entonces, con un fuerte resoplido, se arrojaban al aire, avanzando y descendiendo á la vez, para elevarse de nuevo y quedar colgados, por las manos ó por los pies, de las ramas más bajas del próximo árbol. Á veces divisaba millas y millas de extensión en que todo era quieta y verde selva, de igual modo que un hombre encaramado en un mástil abarca con la mirada, en el mar, millas enteras, y entonces el ramaje le sacudía la cara, y él y su guía llegaban casi al nivel del suelo. De tal suerte, saltando, y haciendo ruido, y resoplando fuertemente, y dando chillidos, la tribu entera de los Bandar-log pasó por sus caminos trazados en los árboles, llevando prisionero á Mowgli.

Hubo un momento en que temió éste que le dejaran caer, y entonces comenzó á ponerse de malhumor; pero, como era demasiado listo para rebelarse abiertamente, se limitó á pensar qué haría. Lo primero que se le ocurrió fué avisar á Baloo y á Bagheera, porque, al ver la velocidad con que huían los monos, bien se le alcanzaba que sus amigos iban á quedarse muy rezagados. Era completamente inútil mirar hacia abajo, pues nada podía ver más que las puntas de las ramas á uno y otro lado, y así dirigió hacia arriba sus miradas, logrando divisar á lo lejos, en la azul inmensidad, á Rann, el milano, balanceándose y describiendo curvas en el aire, mientras vigilaba la selva, esperando que los seres se murieran en ella. Vió Rann que los monos se habían apoderado de algo que se llevaban, y abatió el vuelo algunos centenares de metros para averiguar si aquella presa era comestible. Al ver á Mowgli arrastrado hasta lo más alto de la copa de un árbol, y al oirle gritar, sorprendióse no poco el milano y le contestó con un silbido: «Tú y yo somos de la misma sangre». La oleada de las ramas cerróse por encima del muchacho; pero Rann se apartó con un balanceo hasta el árbol más próximo en el preciso momento en que asomaba de nuevo la carita morena de Mowgli.

—¡Sigue mi pista! gritó éste. ¡Avisa á Baloo, de la manada de Seeonee, y á Bagheera, del Consejo de la Peña!

—¿En nombre de quién, hermano? dijo Rann, que nunca había visto á Mowgli, aunque claro está que había oído hablar de él.