—En nombre de Mowgli, la Rana. ¡El hombrecito es como me llaman! ¡Sigue mi pist...a!

Las últimas palabras las chilló cuando ya le balanceaban en el aire; pero Rann movió la cabeza en señal de asentimiento, y se elevó hasta que no parecía ya mayor que un grano de polvo, y allí cernióse observando con el telescopio de sus ojos el moverse de las copas de los árboles, al paso de la escolta de monos que conducía á Mowgli.

—No se alejarán mucho, no, dijo con risa ahogada. Nunca llevan á feliz término lo que comienzan á realizar. Los Bandar-log andan siempre picoteando aquí y allá cosas nuevas. Pero lo que es esta vez, ó yo estoy ciego, ó han picado en algo que va á darles qué hacer, porque Baloo no es ningún polluelo que se caiga del nido, y bien sé yo que Bagheera es muy capaz de matar algo más que cabras. Así diciendo, mecióse en el aire, abiertas las alas, recogidas bajo el cuerpo las patas, y esperó.

Entre tanto, Baloo y Bagheera andaban locos de furor y de pena. Bagheera se encaramó á los árboles hasta donde nunca se atreviera á llegar antes; pero quebráronse bajo su peso las delgadas ramas, y resbaló hasta el suelo, llenas las garras de cortezas.

—¿Por qué no se lo advertiste al hombrecito? le decía rugiendo al pobre Baloo, que sostenía un trote algo pesado, con la esperanza de adelantarse á los monos. ¿De qué ha servido el que casi le mataras á golpes si no habías de prevenirle contra esto?

—¡Date prisa! ¡Date prisa! Aún... aún podría ser que les alcanzáramos, dijo Baloo jadeando.

—¡Al paso que vamos! No cansaría ni á una vaca herida. Maestro de la Ley... azota-cachorros... con que tuvieras que agitarte del modo que lo haces, durante un cuarto de legua de distancia, tendrías bastante para reventar. ¡Descansa y piensa! Traza un plan. No es éste el momento de perseguirles. Si les seguimos muy de cerca podrían dejarle caer.

¡Arrula! ¡Woo! Quizá lo han hecho ya, cansados de llevarle. ¿Quién se fía de los Bandar-log? ¡Pon murciélagos muertos sobre mi cabeza! ¡Dame por toda comida huesos negros! ¡Méteme en una colmena de abejas silvestres para que me piquen hasta matarme, y entiérrame luego al lado de una hiena, porque soy el más desgraciado de cuantos osos existen! ¡Arulala! ¡Wahooa! ¡Ah! ¡Mowgli, Mowgli! ¿Por qué no te previne contra el Pueblo de los Monos, en vez de romperte la cabeza? ¿Quién sabe, si á golpes le saqué de la memoria la lección del día, y se hallará sólo en la selva, sin la ayuda de las Palabras Mágicas?

Baloo cogióse la cabeza entre las patas y se arrastró gimoteando.

—Cuando menos, hace un momento me dijo á mí todas las palabras correctamente, replicó Bagheera con impaciencia. Baloo, continuó, tú has perdido la memoria y el propio respeto. ¿Qué pensaría de mí la Selva toda si yo, la pantera negra, me hiciera una pelota como Ikki, el puerco espín, y empezara á aullar?