—Lombriz... lombriz... lombriz de tierra, dijo Bagheera,... y otras cosas más que no puedo repetir ahora por vergüenza.

—Habrá que enseñarles á hablar con más respeto de su maestro. ¡Aaa-sss! Tendremos que refrescarles algo la memoria. Pero, decidme ¿y á donde se os llevaron el cachorro?

—Sólo la selva puede saberlo. Creo que hacia el lado por donde se pone el sol. Pensábamos nosotros que tú lo sabrías, Kaa.

—¿Yo? ¿Y cómo? Suelo apoderarme de ellos cuando se me ponen al paso, pero no voy á cazar á los Bandar-log, ni á las ranas... ó á esa espuma verde que hay en las lagunas, y que, para el caso, es lo mismo.

—¡Eh!, ¡eh!, ¡eh!, ¡Arriba!, ¡arriba! ¡Mira hacia arriba, Baloo, de la manada de Seeonee!

Baloo miró hacia lo alto para ver de donde venía la voz que le llamaba, y vió á Rann, el milano, que descendía barriendo el espacio con las alas desplegadas, en cuyos bordes, vueltos hacia arriba, brillaba la luz del sol. Era ya casi para Rann la hora del sueño, pero hasta entonces había estado buscando á Baloo por toda la selva, sin lograr hallarle, por culpa de lo espeso que era el ramaje.

—¿Qué hay?, dijo Baloo.

—He visto á Mowgli entre los Bandar-log. El mismo me encargó que te lo dijera. He estado en acecho: se lo han llevado al otro lado del río... á la ciudad de los monos... á las Moradas Frías. Lo mismo pueden quedarse allí una noche que diez, ó que un rato. He encargado á los murciélagos que vigilaran durante las horas de obscuridad. Esto es cuanto tengo que decirte. ¡Buena suerte para todos!

—¡Buena suerte, que te llenes el buche y duermas bien, Rann!, gritó Bagheera. No me olvidaré de tí en mi próxima caza: la cabeza de lo que mate, para tí quedará reservada, porque eres el mejor de todos los milanos.

—Lo que he hecho no es nada... no es nada. El muchacho se acordó de decir las Palabras Mágicas, y yo no podía menos de cumplir con mi deber, contestó Rann elevándose por los aires trazando círculos, para dirigirse luego á su escondrijo.