Canción de los Bandar-log al ponerse en camino.
¡Hénos aquí como un festón flotante
lanzado hacia la luna que le envidia!
¿No quisiérais ser uno de los nuestros?
¡Tener más de dos manos! ¡Qué delicia!
¿No envidiáis esta cola que parece
un arco, el de Cupido? ¿Os gustaría?
Consolaos, hermanos:
en vuestra espalda el rabo se adivina.
¡Hénos aquí, sobre el ramaje quietos,
bellezas meditando, en largas filas;
soñando en grandes cosas, que al instante
veréis en realidades convertidas;
algo que ha de ser noble, y grande, y bueno...
que sólo con quererlo se conquista.
¡Ya veréis!... Más, hermanos,
en vuestra espalda el rabo se adivina.
Cuantas voces de fieras ó de aves,
ó bien de los murciélagos que chillan
(de animales de escamas, pluma ó pelo)
hayamos escuchado en nuestra vida,
mezclémoslas, digámoslas cien veces
en rápida y confusa algarabía.
¡Magnífico, excelente! Procedemos
como los hombres, al hablar, harían.
¿No lo somos?... Hermanos,
en vuestra espalda el rabo se adivina.
Del Pueblo de los Monos
usanzas éstas son, y ésta es la vida.
¡Venid entre los pinos, buscad la uva silvestre,
venid, pues, con nosotros, formad en nuestras filas:
notad, al despertarnos, el ruido que metemos
y no dudéis que vamos á hacer cosas magníficas.
¡Al tigre! ¡Al tigre!
—¿Cómo fué la caza, fiero cazador?
—Muy largo el acecho, y el frío era atroz.
—¿Dónde está la pieza que fuíste á matar?
—En la selva, hermano, pienso que estará.
—¿Dónde está tu orgullo, dónde tu poder?
—Por la herida huyeron ambos á la vez.
—¿Por qué así corriendo vienes hacia mí?
—¡Ay, hermano! Corro á casa... á morir.
Hemos de retroceder ahora hasta la época del primer cuento. Cuando abandonó Mowgli la caverna de los lobos, después de la lucha que sostuvo con la manada en el Consejo de la Peña, fuése hacia las tierras de labor donde vivían los campesinos; pero no quiso quedarse allí por hallarse demasiado cerca de la selva y por saber que en el Consejo había dejado, por lo menos, un enemigo acérrimo. Así, pues, apretó el paso siguiendo un mal camino que iba á parar hasta el valle, y no lo abandonó, corriendo al trote largo durante cosa de unas cinco leguas, hasta que llegó á un país que le era desconocido. El valle se abría allí convirtiéndose en gran llanura, salpicada de rocas y cortada á trechos por barrancos. Á un extremo veíase una aldea, y al otro la espesa selva descendía súbitamente hasta las tierras de pastos, parándose de golpe como si la hubieran cortado con la azada. Por toda la llanura pacían búfalos y ganado, y cuando los muchachos que los cuidaban vieron á Mowgli, comenzaron á gritar huyendo, mientras los amarillos perros vagabundos que andan siempre alrededor de toda aldea india pusiéronse á ladrar. Siguió Mowgli adelante, porque se sentía hambriento, y al llegar á la entrada del lugarejo, vió que el gran arbusto espinoso que colocaban frente á ella al oscurecer, para interceptar el paso, estaba entonces corrido hacia á un lado.
—¡Je! exclamó, porque más de una vez había ya tropezado con barreras semejantes en sus nocturnas correrías, cuando iba en busca de algo que comer. ¡De modo que también aquí tienen los hombres miedo del Pueblo de la Selva!
Sentóse junto á la entrada, y cuando vió venir á un hombre, levantóse, abrió la boca y señaló hacia el interior de ella para significar que necesitaba comida. Miró el hombre y retrocedió corriendo por la única calle de la aldea, llamando á grandes voces al sacerdote, que era alto y gordo, iba vestido de blanco y llevaba en la frente una señal roja y amarilla. Acudió éste, y con él unas cien personas más, mirando, hablando y dando gritos mientras señalaban hacia Mowgli.
—¡Qué mal educado está el Pueblo de los Hombres! se dijo el muchacho. Sólo los monos grises harían semejantes cosas. Así, apartó hacia atrás su larga cabellera, y púsose á mirarles ceñudo, malhumorado.
—¿Pero de qué tenéis miedo, dijo el sacerdote? Mirad esas señales que tiene en los brazos y en las piernas: son cicatrices de los mordiscos que le han dado los lobos. Él mismo no es más que un niño-lobo que se ha escapado de la selva.