Como puede suponerse, al jugar juntos, los lobatos habían, no pocas veces, mordido á Mowgli más profundamente de lo que creían, y de ahí las blancas cicatrices que se veían en sus miembros. Pero él hubiera sido la última persona de este mundo que se atreviera á llamar á aquello mordiscos, porque bien sabía lo que verdaderamente era morder.

¡Arré! ¡Arré! exclamaron á la vez dos ó tres mujeres. ¡Mordido por los lobos! ¡Pobrecillo! ¡Un muchacho tan hermoso! Tiene unos ojos como brasas. Te juro, Messua, que se parece al niño que te robó el tigre.

—Déjame mirarlo bien, dijo una mujer que llevaba pesados brazaletes de cobre en las muñecas y en los tobillos. Y púsose á observarlo con curiosidad, haciendo pantalla de su mano puesta sobre la frente. De veras que se le parece, continuó. Es más flaco, pero tiene el mismo aspecto de mi niño.

Era el sacerdote hombre listo, y sabía que Messua era esposa del aldeano más rico del lugar. Así, mirando antes al cielo por un momento, dijo solemnemente:

—Lo que la selva te quitó, la selva te lo devuelve. Llévate al muchacho á tu casa, hermana mía, y no te olvides de honrar al sacerdote cuya mirada tan adentro penetra en la vida de los hombres.

—¡Por el toro que me rescató!, dijo Mowgli entre sí, que toda esa charla no es más que una especie de examen como el que me hicieron sufrir en la manada. ¡Bueno! Si soy un hombre, hombre he de volverme, al fin y al cabo.

Disolvióse el grupo al ver que la mujer hacía señas á Mowgli para que se dirigiera con ella á su choza, donde había una cama roja barnizada, una gran caja de tierra cocida para guardar granos, adornada con curiosos dibujos en relieve; media docena de cacerolas de cobre; la imagen de un dios indio, en un pequeño dormitorio; y sobre la pared un espejo, un espejo de veras, como los que venden en las ferias rurales.

Dióle la mujer un buen trago de leche y un poco de pan, y, hecho esto, colocóle la mano sobre la cabeza y le miró en los ojos, pensando en si realmente sería su hijo que volvía de la selva, á donde el tigre se lo había llevado.

—¡Nathoo! ¡Nathoo! le llamó. Pero Mowgli no dió señal alguna de conocer este nombre.

—¿No te acuerdas de aquel día en que te regalé un par de zapatos nuevos?