El rebaño quedóse un instante quieto al borde de la pendiente; pero Akela lanzó á plenos pulmones su grito de guerra, y se precipitaron todos, uno tras otro, como navíos que se lanzan á una corriente, mientras la arena y las piedras saltaban en torno suyo. Una vez comenzada la carrera no había modo de pararla, y, aún antes de llegar al cauce del torrente, Rama sintió ya el rastro de Shere Khan, y mugió.
—¡Ah! dijo Mowgli, que iba en él montado. ¿Por fin te enteras, eh? Y el alud de negros cuernos, hocicos espumajeantes y ojos de mirada fija pasó rápido por el torrente, como arrancados peñascos en épocas de avenida, mientras los búfalos más débiles eran empujados hacia los lados, donde, al pasar, arrancaban las enredaderas. Ya sabían todos qué clase de labor les esperaba: era aquello la terrible embestida de un rebaño de búfalos, contra la cual no hay tigre que pueda pensar siquiera en resistir. Oyó Shere Khan el ruido atronador de las pezuñas, levantóse y caminó con pesadez torrente abajo, mirando á ambos costados en busca de huída; pero los lados del torrente parecían cortados á pico, y tuvo que quedarse allí sintiendo el abotagamiento producido por la comida y la bebida, deseando entonces cualquier cosa menos tener que batirse. El rebaño pasó chapoteando por la laguna que él acababa de abandonar, mugiendo hasta hacer retumbar todo el estrecho recinto. Mowgli oyó otro mugido que contestaba desde el extremo inferior del barranco; vió á Shere Khan volverse (el tigre sabía que en último caso era mejor esperar á los toros que habérselas con las vacas y terneros); y entonces Rama echó por tierra algo, tropezó con ello, y siguió adelante, pasando por encima de una masa blanda, y con los demás toros detrás, que iban pisándole casi, cayó sobre el otro rebaño, con tal furia que los más débiles búfalos fueron levantados al aire por completo con el choque que se produjo al encontrarse todos.
La embestida arrastró ambos rebaños hacia la llanura, dando cornadas, coces y bufidos. Esperó Mowgli el momento oportuno, y, apeándose de Rama, comenzó á repartir golpes á diestro y siniestro con el palo que llevaba.
—¡Pronto, Akela! ¡Divídelos! ¡Sepáralos, ó si no van á pelearse unos con otros! ¡Llévatelos, Akela! ¡Hai, Rama! ¡Hai! ¡Hai! ¡Hai! hijos míos. ¡Poco á poco, ahora, poco á poco! Ya ha terminado todo.
Akela y el Hermano Gris corrieron de un lado á otro mordiéndoles las patas á los búfalos, y, aunque el rebaño se volvió en redondo, con intención de embestir de nuevo, torrente arriba, Mowgli logró hacerle dar la vuelta á Rama, y los demás lo siguieron hacia los pantanos.
No hacía falta que pisotearan más á Shere Khan. Estaba muerto, y los milanos iban acudiendo ya para devorarlo.
—¡Hermanos! Como un perro ha muerto, dijo Mowgli buscando el cuchillo que, desde que vivía entre los hombres, llevaba siempre pendiente del cuello y metido en una vaina. Pero tampoco se hubiera batido cara á cara. Buen efecto va á hacer su piel puesta sobre la Peña del Consejo. Manos á la obra y pronto.
Jamás á un muchacho criado entre los hombres hubiérasele ocurrido ni por sueño desollar él solo un tigre que medía tres metros de largo; pero, mejor que nadie, sabía Mowgli cómo está pegada al cuerpo la piel de un animal, y, por lo tanto, el modo de arrancarla. No obstante, como la labor era ruda, Mowgli cortó y desgarró regañando entre dientes por espacio de una hora, mientras los lobos lo contemplaban con la lengua colgando, ó se acercaban para dar tirones á la piel cuando él lo mandaba.
De pronto, apoyóse en su hombro una mano, y, levantando los ojos, vió á Buldeo con el viejo mosquete. Habían contado en la aldea los chiquillos el pánico que se apoderó de los búfalos, y Buldeo salió malhumorado, movido sólo por el vivo deseo de imponer á Mowgli un correctivo por no haber cuidado mejor del rebaño. Los lobos se eclipsaron en cuanto vieron venir al hombre.