—¿Qué locura es ésa? dijo Buldeo incomodado. ¿Y te figuras que tú vas á poder desollar un tigre? ¿Dónde lo mataron los búfalos? Y por añadidura es el tigre cojo, por cuya cabeza se han ofrecido cien rupias. ¡Bien, bien! Haremos la vista gorda en eso de que hayas dejado escaparse el rebaño, y tal vez te dé yo una de las rupias como premio cuando haya llevado la piel á Khanhiwara. Tanteóse la ropa buscando un pedazo de acero y un pedernal, y se agachó para quemarle los bigotes á Shere Khan. La mayor parte de los cazadores indígenas practica esta operación para evitar que el espíritu que habita en el tigre los persiga luego.

—¡Je! dijo Mowgli entre dientes mientras arrancaba la piel de una de las patas del tigre. ¿De modo que piensas llevarte la piel á Khanhiwara para recibir el premio, y luego tal vez me des una rupia? Pues bien: antójaseme que esa piel voy á necesitarla yo para mi propio uso. ¡Ea, viejo, aparta ese fuego!

—¿Y así es como hablas al jefe de los cazadores de la aldea? Á la suerte y á la ayuda que te ha prestado la imbecilidad de tus búfalos debes cuanto has hecho. Bien se ve que el tigre acababa de darse un hartazgo, ó de lo contrario estaría ahora á cinco leguas de distancia de este sitio. ¡Ni siquiera puedes desollarlo bien, y, á pesar de eso, tú, que no eres más que un pillete, vienes á decirme á mí, á Buldeo, que no le queme los bigotes! Mira, Mowgli: no voy á darte ni un anna como premio; lo que te daré será una buena paliza. ¡Suelta el tigre!

—¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli que estaba entonces luchando por llegar hasta el hombro de la fiera, ¿te figuras que voy á estar toda la tarde charlando contigo, mono viejo? ¡Ven acá, Akela! Líbrame de este hombre que me está molestando.

Buldeo, que continuaba aún inclinado sobre la cabeza de Shere Khan, hallóse de pronto tendido sobre la yerba con un lobo gris encima, mientras Mowgli seguía desollando como si en toda la India no hubiera nadie más que él.

—Sí, dijo éste entre dientes, tienes muchísima razón, Buldeo. Nunca habrás de darme ni un anna en premio. Entre este tigre cojo y yo había un duelo pendiente... un duelo antiguo, muy antiguo... y... yo he vencido.

Hablando con entera imparcialidad, hay que reconocer que, si Buldeo hubiera tenido diez años menos, habría medido sus fuerzas con las de Akela á haberse hallado con él entre los bosques; pero un lobo que obedecía las órdenes de aquel muchacho (que tenía duelos pendientes con tigres devoradores de hombres), no era un animal como los demás. Aquello era arte de encantamiento, magia de la de peor clase, pensó Buldeo, y tuvo sus dudas respecto á si el amuleto que llevaba al cuello bastaría para protegerle. Quedóse, pues, tendido, como paralizado, esperando á cada instante ver á Mowgli convertirse también en tigre.

¡Maharaj! ¡Gran Rey! dijo, por fin, con voz ronca y tan bajo que parecía un susurro.

—¿Qué? contestó Mowgli sin volver la cabeza, sonriéndose un poco con aire satisfecho.

—Soy un anciano. Ignoraba que fueras algo más que un zagal. ¿Me permites que me levante y me vaya, ó va á hacerme pedazos ese servidor que tienes á tus órdenes?