—Vete, vete en paz. Pero otra vez no te metas con mi caza. ¡Suéltalo, Akela!

Fuése Buldeo cojeando hacia la aldea, tan aprisa como pudo, mirando hacia atrás, por encima del hombro, para ver si Mowgli se metamorfoseaba en algo que causara espanto. Luego, al llegar, refirió un cuento de magia, y encantamientos, y brujerías que hizo que el sacerdote se pusiera muy serio.

Mowgli siguió en su labor, pero se acercaba ya el anochecer cuando entre él y los lobos acabaron de separar del cuerpo del tigre la enorme y vistosa piel.

Ahora, hay que esconder eso y volver los búfalos á casa. Ayúdame á reunirlos, Akela.

Agrupóse el rebaño, á la luz dudosa del crepúsculo, y dirigióse hacia la aldea; pero al llegar cerca de ella vió Mowgli algunas luces, y oyó cómo en el templo tocaban las campanas y soplaban, además, en caracoles marinos. La mitad de la población parecía esperarle á las puertas del lugar.

—Esto será porque he matado á Shere Khan, dijo entre sí Mowgli; pero una lluvia de piedras silbó en sus oídos al mismo tiempo que los aldeanos le gritaban:

—¡Hechicero! ¡Hijo de una loba! ¡Diablo de la selva! ¡Márchate! ¡Márchate de aquí en seguida, si no quieres que el sacerdote te cambie otra vez en lobo! ¡Dispara, Buldeo, dispara!

Hizo fuego el mosquete, con gran estruendo, y uno de los búfalos jóvenes lanzó un mugido de dolor.

—¡Otro hechizo! gritaron los aldeanos. ¡El ha desviado la bala! ¡Ese búfalo es el tuyo, Buldeo!

—Pero ¿qué significa eso? dijo Mowgli azorado al ver que arreciaba la lluvia de piedras.