—No dejan de parecerse á los de la manada esos hermanos tuyos, dijo Akela, sentándose gravemente. Antójaseme que, si las balas tienen algún significado, la intención de esta gente es la de arrojarte fuera del lugar.
—¡Lobo! ¡Lobato! ¡Márchate! gritó el sacerdote agitando una ramita de la planta sagrada que llaman tulsi.
—¡Ah! ¿otra vez? La anterior fué porque era un hombre. Ésta porque soy un lobo. Vámonos, Akela.
Una mujer, Messua, corrió hacia el rebaño y gritó:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Dicen que eres un hechicero que si quiere puede transformarse en fiera. Yo no lo creo, pero márchate, porque si no te van á matar. Buldeo dice que eres un brujo; pero yo sé que tú no has hecho más que vengar la muerte de Nathoo.
—¡Atrás, Messua! ¡Vuelve atrás ó te apedreamos! gritó entonces la multitud.
Mowgli sonrióse con sonrisa forzada y breve, porque una piedra acababa de darle en la boca.
—Retrocede, Messua, añadió. Eso es uno de aquellos estúpidos cuentos que inventan al anochecer, bajo la sombra del árbol. Al menos te habré pagado la vida de tu hijo. ¡Adios! Y corre cuanto puedas, porque voy á lanzar el rebaño contra ellos con más velocidad que la que llevan los pedazos de ladrillo que me arrojan. No soy ningún brujo, Messua. ¡Adios! Ahora, Akela, júntame otra vez el rebaño, gritó.
No ansiaban los búfalos otra cosa más que volver á la aldea. Apenas si necesitaron que los azuzara Akela para lanzarse como un torbellino á través de las puertas, dispersando á la multitud á derecha é izquierda.
—¡Contadlos! gritó Mowgli con aire desdeñoso. Podría ser que os hubiera robado alguno. Contadlos, porque ésta es la última vez que he de apacentarlos. ¡Quedad con Dios, hijos de los hombres, y agradecedle á Messua que no vaya yo también con mis lobos á cazaros en mitad de vuestra calle!