Volvió la espalda y echó á andar junto con el Lobo Solitario, y, como se le ocurriera mirar á las estrellas, sintióse, entonces, verdaderamente feliz.
—Se acabó para mí el dormir dentro de una trampa, Akela. Recojamos la piel de Shere Khan y vámonos. No causemos á la aldea el menor daño: tengamos en consideración lo bien que Messua se ha portado conmigo.
Al elevarse la luna sobre la llanura, dando á todas las cosas un tinte algo lechoso, vieron con terror los aldeanos cómo Mowgli, acompañado de dos lobos y con un fardo sobre su cabeza, corría á campo travieso con aquel trote característico del lobo, que se traga las leguas como nada. Entonces echaron á vuelo las campanas y soplaron en los caracoles marinos con más fuerza que nunca; lloró Messua, y Buldeo comenzó á adornar con tales primores la historia de sus aventuras en la selva que acabó por decir que Akela se había erguido en dos pies hablando como un hombre.
Empezaba á descender la luna cuando Mowgli y los dos lobos llegaron á la colina en que estaba la Peña del Consejo y se pararon ante la caverna de mamá Loba.
—Me han arrojado de la manada de los hombres, madre, gritó Mowgli, pero he cumplido mi palabra, y vengo con la piel de Shere Khan.
Salió mamá Loba de la caverna, andando como con dificultad, y llevando tras sí los cachorros, y sus ojos brillaron vivamente en cuanto vió la piel.
—Ya le dije aquel día en que metió la cabeza y los hombros en esta caverna yendo en tu busca para matarte, renacuajo mío, ya le dije que el cazador sería cazado un día ú otro. ¡Bien lo has hecho!
—¡Muy bien, Hermanito! dijo una voz profunda, allá en la espesura. ¡Ya te echábamos de menos en la selva! Y Bagheera vino, corriendo, hasta á tocar los desnudos pies de Mowgli. Juntos subieron á la Peña del Consejo, y, sobre la roca llana en que solía ponerse Akela, tendió Mowgli la piel, sujetándola, luego, con cuatro pedazos de bambú. Echóse sobre ella Akela, y lanzó el antiguo grito del Consejo:—¡Mirad, lobos, mirad bien!—exactamente como dijo cuando por primera vez le llevaron allí á Mowgli.
Desde el día en que Akela había sido destituído, la manada se había quedado sin jefe, cazando y luchando como mejor le parecía. Pero aun contestaban á aquel grito por costumbre, y aunque fueran, algunos, cojos por culpa de las trampas en que habían caído, y otros arrastraran una pata por haber sido heridos en ella de un balazo, ó estuvieran sarnosos por haber comido algo malo, ó, finalmente, se hubieran extraviado, los que quedaban vinieron todos al Consejo de la Peña, y vieron la piel rayada de Shere Khan tendida sobre la roca, y las enormes garras colgando al extremo de las patas, que se balanceaban vacías. Entonces fué cuando Mowgli compuso una canción sin rimas, una canción que se le vino á los labios espontáneamente, y comenzó á cantarla á grades voces, arrojándose sobre la piel y llevando el compás con los talones, hasta que se le acabó el aliento, y mientras tanto el Hermano Gris y Akela aullaban entre las estrofas.
—¡Mirad bien, lobos, mirad bien! dijo Mowgli cuando hubo acabado. ¿He cumplido mi palabra? Y los lobos, ladrando como perros, dijeron: ¡sí! y uno de ellos, lleno de cicatrices y desgarrones en la piel, aulló: