Por la noche, cuando la aurora boreal parpadeaba lanzando vivos destellos á través de la niebla, subió Kotick á una desnuda roca y miró hacia abajo, hacia los destruidos viveros y los despedazados, sangrientos cuerpos de las focas.

—Ahora, dijo, os he dado ya la lección que necesitabais.

—¡Por vida mía! exclamó Gancho de mar, el viejo, enderezando el cuerpo trabajosamente, porque se hallaba por completo derrengado. Ni el mismo Cetáceo Carnicero les hubiera causado mayor daño. ¡Hijo mío, siento orgullo al mirarte, y lo que es más, iré contigo á tu isla... si es verdad que existe!

—¡Á ver, piara de cerdos marinos! ¿Quién se viene conmigo al túnel de la Vaca marina? ¡Contestad ó vuelvo á empezar! rugió Kotick.

Prodújose entonces un murmullo como el suave rumor de la marea cuando sube ó baja por las playas.

—Nosotras iremos contigo, dijeron miles de voces fatigadas. Nosotras estamos dispuestas á seguir á Kotick, la Foca blanca.

Hundió entonces Kotick la cabeza entre los hombros y cerró orgullosamente los ojos. No era ya una foca blanca, sino roja de cabeza á pies. Pero no importaba; hubiérase avergonzado de mirar, siquiera, ó de tocar á una sola de sus heridas.

Al cabo de una semana él y su ejército (casi diez mil focas, entre los holluschickie y las viejas), salieron en dirección del Norte hacia el túnel de la Vaca marina, dirigiéndolas á todas Kotick, mientras las que se quedaban en Novastoshnah les llamaban estúpidas. Pero á la primavera siguiente, cuando se encontraron todas en las pesqueras del Pacífico, las focas de Kotick contaron tales maravillas de las nuevas playas, al otro lado del túnel de la Vaca marina, que se aumentó cada día más el número de las que habían abandonado las playas de Novastoshnah.

Por supuesto, no se hicieron tales cosas de golpe, porque las focas necesitan mucho tiempo para darle vueltas á una idea en su cabeza; pero cada año había más que se marchaban de Novastoshnah, de Lukannon y de los otros viveros, para ir á las seguras y abrigadas playas en que Kotick pasa todo el verano, creciendo, engordando y poniéndose más robusto á cada año que transcurre, mientras los holluschickie juegan en torno suyo en aquel mar que no visita ni un solo hombre.