—Yo no tengo vivero que defender, contestó Kotick. No deseo más que enseñaros un sitio donde podréis vivir tranquilos. ¿Á qué estar siempre luchando?

—¡Oh! Si tratas de huir por la tangente claro está que nada tengo que añadir, dijo la foca acompañando sus palabras con una risita sarcástica.

—¿Vendrás si lucho contigo y te venzo? dijo Kotick. Y una luz verde brilló en su mirada, porque estaba verdaderamente furioso de tener que batirse.

—Perfectamente, contestó la foca joven, con cierto descuido. Si me vences iré contigo.

No tuvo ni tiempo de cambiar de opinión, porque ya Kotick alargaba la cabeza y sus dientes se clavaban en la gordura del cuello de la foca. Después echóse hacia atrás y arrastró á su enemiga por la playa, sacudióla, y, dándole un golpe, la revolcó por el suelo. Entonces, dirigiéndose á las focas, díjoles rugiendo:

—Durante las últimas cinco estaciones he hecho en favor vuestro cuanto he podido. Os he hallado la isla en que podréis vivir seguros, pero como no os arranquen del cuello la estúpida cabeza no queréis creer lo que os dicen. Ahora voy á daros una lección. ¡En guardia!

Contóme Limmershin que nunca en su vida (y él ve cada año diez mil focas viejas en luchas continuas), que nunca en su vida (algo corta) había visto cosa semejante á la embestida que dió Kotick contra los viveros. Arrojóse sobre el mayor de los ganchos de mar que pudo hallar á su alcance, cogiólo por el pescuezo, ahogándolo casi, y lo zarandeó y golpeó de lo lindo, hasta que pidió que le perdonara la vida, tras de lo cual cogiólo para echarlo á un lado, y embistió al más próximo. Y se comprende que hiciera todo esto: no se había pasado cuatro meses ayunando como las focas grandes hacían cada año; sus viajes á nado en alta mar le conservaban en excelentes condiciones, y, lo que es aun más importante, nunca se había peleado antes. Su blanca melena estaba erizada de coraje, llameaban sus ojos, brillaban sus grandes caninos, y, en suma, ofrecía magnífico aspecto.

Gancho de mar, el viejo, su padre, le vió batiéndose desenfrenadamente, arrastrando por el suelo, como si fueran platijas, á focas cuyo pelo comenzaba ya á encanecer, revolcando por todos lados á las más jóvenes, y entonces dió un gran bramido y gritó:

—Será todo lo tonto que se quiera, pero es el mejor luchador de estas playas. ¡No te pelees con tu padre, hijo mío! ¡Lo tienes ya de tu parte!

Contestó Kotick con otro bramido, y Gancho de mar, el viejo, andando como los patos y resoplando como una locomotora, fué á mezclarse en la lucha, mientras Matkah y la foca que había de casarse con Kotick contemplaban, agachadas, á sus hombres. La pelea fué admirable, porque las dos focas lucharon hasta que no hubo ya ninguna que osara levantar la cabeza frente á ellas, y entonces se pasearon orgullosamente de un extremo á otro de la playa, emparejadas y mugiendo.