Una noche hundiéronse á través del agua reluciente (un modo de hundirse como si fueran piedras), y, por primera vez desde que él las había conocido, comenzaron á nadar con gran rapidez. Siguióles Kotick y tanta celeridad le dejó pasmado, porque nunca pudo ocurrírsele la idea de que una vaca marina fuera tan excelente nadadora. Dirigiéronse á un sitio acantilado de la costa, que se hundía en el agua, y se zambulleron en un agujero que había al pie, á veinte brazas bajo el nivel del mar. Metiéronse por un obscuro túnel, y Kotick, que las siguió, se ahogaba, por falta de aire fresco que respirar, después de tanto rato de estar nadando.
—¡Por vida de...! exclamó dando boqueadas y resoplando al salir, por el lado opuesto, al mar abierto y libre. ¡El chapuzón ha sido largo, pero valía la pena de soportarlo!
Habíanse separado unas de otras las vacas marinas, y comían perezosamente á la orilla de las más hermosas playas que Kotick viera en su vida. Había allí grandes extensiones de roca viva y desgastada, pulida, que se prolongaban durante millas enteras, lo más apropiadas que podía imaginarse para viveros de focas; otras formadas de dura arena, detrás de las primeras, y en declive que miraba tierra adentro, buenas para jugar en ellas; y rompientes para bailar las focas sobre el agua; y blanda yerba para revolcarse; y dunas para trepar por la arena, descendiendo luego; y, sobre todo, Kotick conoció con sólo tocar el agua, que nunca engaña á un verdadero Gancho de mar, lo más importante: que jamás el hombre había llegado hasta allí.
Su primer cuidado fué asegurarse de que la pesca podía hacerse en buenas condiciones, y luego nadó bordeando la orilla, y contó los deliciosos, bajos islotes de arena, medio escondidos en la pintoresca y rastrera niebla. Á lo lejos, hacia el Norte, veíase una línea de bancos de arena, de escollos y de rocas que no hubieran dejado á ningún barco acercarse á menos de seis millas de la playa, y entre las islas y la tierra firme había un profundo canal que llegaba á tocar los acantilados perpendiculares de la costa, debajo de los cuales se abría la boca del túnel.
—Esto es un segundo Novastoshnah, dijo Kotick, pero diez veces mejor que el primero. La Vaca marina debe de ser mucho más lista de lo que yo creía. Por los acantilados no podrían bajar los hombres aunque los hubiera, y los escollos del lado que mira hacia el mar harían pronto de cualquier barco un montón de astillas. Si hay rincón seguro, indudablemente que es éste.
Acordóse de la foca que había dejado esperándole; pero aunque por ello quisiera apresurarse á volver á Novastoshnah, exploró detenidamente aquel nuevo país, á fin de poder contestar á cuantas preguntas se le hicieran. Luego zambullóse en el agua y se metió en la boca del túnel, nadando en él rápidamente en dirección del Sur. Sólo una vaca marina ó una foca hubiera imaginado que podía existir sitio semejante, y cuando, ya lejos, volvióse para mirar hacia los acantilados, hasta el mismo Kotick se maravillaba de que hubiera estado allí debajo.
Seis días tardó en regresar á su país, aunque distaba mucho de nadar despacio, y, al tocar á tierra por la Garganta del León marino, á quien primero vió fué á la foca que le esperaba, y que por la alegría reflejada en los ojos de Kotick comprendió que, al fin, había éste hallado la isla deseada.
Pero los holluschickie, y Gancho de mar, su propio padre, y todas las demás focas, se burlaron de él cuando les dijo lo que acababa de descubrir, contestándole así una de las focas de su misma edad:
—Muy bien está todo eso que dices, Kotick, pero hazte cargo de que el que vengas tú ahora desde quien sabe dónde y nos mandes que abandonemos este sitio es absurdo. Acuérdate de que hemos estado luchando largo tiempo por nuestros viveros, y he aquí algo que no podrás decir tú, que has preferido pasar el tiempo buscando por esos mares.
Riéronse las otras focas al oir esto, y la foca joven movió la cabeza de derecha á izquierda. Habíase casado aquel mismo año, y dábase por ello grande importancia.