—Sucio modo de comer es ese, exclamó Kotick. Y como le saludaran nuevamente, comenzó á perder ya la paciencia.
—¡Bueno! dijo. Si, por lo visto, tenéis en las aletas delanteras una articulación más que los otros, no por eso habéis de estarlo demostrando de ese modo. Ya veo que saludáis con muchísima gracia, pero preferiría que me dijerais cómo os llamáis.
Los labios partidos moviéronse y se separaron; los vítreos y verdes ojos miraron fijamente; pero sus dueños no dijeron una palabra.
—¡Vaya! dijo Kotick, vosotros sois la única gente que he encontrado más feos que Sea Vitch... y más mal educados aún que él.
Vínosele entonces á la memoria, con la prontitud de un relámpago, lo que le había dicho la gaviota en la isla del Caballo Marino cuando no tenía más que un año, y dejóse caer de espalda en el agua, contento porque veía claramente que acababa de hallar, por fin, á la Vaca marina.
Continuaron éstas (porque realmente lo eran) buscando algas y mascándolas como queda dicho, y, entre tanto, fué Kotick haciéndoles preguntas en cada uno de los idiomas que había aprendido en sus viajes, que no eran pocos, pues el Pueblo de los mares usa casi tantos lenguajes como los seres humanos. Pero las vacas marinas no hablan, y así no le contestaron. Tienen únicamente seis huesos en el cuello en vez de siete, y las gentes del mundo submarino dicen que esto les impide hablar hasta á los de su misma clase. Sin embargo, como hemos dicho anteriormente, poseen una articulación de más en sus aletas delanteras, y, moviéndolas de arriba abajo y de un lado para otro, forman así una especie de torpe clave telegráfica que les sirve para entenderse.
Al hacerse de día pudo verse que la melena de Kotick estaba completamente erizada. En cuanto á su paciencia había ido ya á parar á donde van los cangrejos cuando mueren. De pronto, las vacas marinas comenzaron á hacer rumbo hacia el Norte con gran calma, parándose de cuando en cuando para verificar absurdos conciliábulos en que no hacían más que saludarse de cuando en cuando, y Kotick las siguió, diciéndose:
—Gente tan estúpida como ésta hace mucho tiempo que hubiera sido ya exterminada, á no haber hallado alguna isla en que pudiera vivir sin cuidado; y lo que es bastante bueno para la Vaca marina, lo es también para Gancho de mar. Sea como fuere, ojalá que despacharan de una vez.
Era aquello para Kotick pesadísimo trabajo. La manada no recorría más que cuarenta ó cincuenta millas cada día, se paraba de noche para comer, y tenía buen cuidado de no apartarse mucho de la playa, al paso que Kotick nadaba en torno suyo, y por encima, y por debajo, sin que lograra hacerles ir ni media milla más aprisa.
Al alejarse más hacia el Norte volvieron á tener otros de sus conciliábulos, con intervalos de unas cuantas horas, y Kotick se arrancaba casi los bigotes de tanto mordérselos con impaciencia, hasta que, al fin, vió que remontaban una corriente de agua tibia, y entonces sintió por aquellos seres algo más de respeto.