—Yo soy la única foca blanca que ha nacido en playa alguna, y soy también la única, blanca ó negra, que ha pensado en descubrir nuevas islas.

Animóle muchísimo este encuentro, y, aquel verano, cuando volvió á Novastoshnah, rogóle Matkah, su madre, que se casara y viviera tranquilo, porque no era ya un holluschick, sino todo un Gancho de Mar, hecho y derecho, con su blanca melena rizada sobre la espalda, y tan espesa, larga y de feroz aspecto como la de su padre.

—Dame una temporada más de espera, dijo él. Acuérdate, madre, de que siempre es la séptima la ola que más lejos llega en la playa.

Dió la casualidad de que había otra foca que también pensó en aplazar el casarse hasta el año próximo, y Kotick bailó con ella la danza del fuego, en toda la extensión de la playa de Lukannon, la noche antes de partir para el último de sus viajes exploradores.

Dirigióse esta vez hacia el Oeste porque acababa de descubrir el rastro de un gran número de platijas que tal rumbo llevaban, y él necesitaba, por lo menos, un centenar de libras de pescado para mantenerse en buena salud. Persiguiólas hasta cansarse, y, entonces, enroscóse y se durmió en uno de los hoyos que deja en la tierra la resaca, en dirección de la isla del Cobre.

Conocía perfectamente aquella costa, y así, hacia media noche, al sentirse caer blandamente sobre un lecho de plantas marinas, exclamó:

—¡Uy! La marea sube muy rápida esta noche. Y dando media vuelta bajo el agua, abrió los ojos calmosamente y se desperezó. Pero, de pronto, brincó como un gato, porque acababa de ver algo enorme que iba olfateando por encima de los bajíos y engulléndose grandes flecos de algas.

—¡Por las olas del Estrecho de Magallanes!... dijo entre sí. ¿Quién son esas gentes?

No se parecían ni á los caballos marinos, ni á los leones ó á los osos de mar, ni á las focas, ballenas, tiburones, peces ó conchas que Kotick estaba acostumbrado á ver. Tenían de seis á nueve metros de largo y carecían de aletas posteriores, pero poseían, en cambio, una cola, en forma de pala, que no parecía sino que había sido recortada de un pedazo de cuero mojado. Su cabeza ofrecía el más marcado aire de estupidez que puede imaginarse, y balanceaban el cuerpo en el agua, sobre el extremo de la cola, cuando no comían, saludándose unos á otros con gran solemnidad y agitando sus aletas delanteras como hombres muy gruesos que movieran los brazos.

—¡Ejem! dijo Kotick. ¿Pinta bien la suerte, caballeros? Y aquellos seres enormes contestaron saludando y agitando las aletas, á la manera de lo que hacía Frog-Footman[8]. Cuando volvieron á comer notó Kotick que tenían el labio superior partido en dos pedazos, que podían separar uno de otro á cosa de medio metro de distancia, y volverlos á juntar después, sosteniendo entre ambos pedazos más de media fanega de algas. Metíanlas en la boca y las mascaban con toda solemnidad.