—Lo que has de hacer, dijo Gancho de Mar después de haber oído el relato de las aventuras de su hijo, es crecer, convertirte en una foca tan grande como tu padre, y tener un vivero en la playa: verás, entonces, como te dejan en paz. De aquí á cinco años debieras hallarte ya en disposición de luchar y defenderte solo.
Hasta la amable Matkah, su madre, le dijo:
—No podrás evitar nunca esas matanzas. Anda y vete á jugar en el mar, Kotick. Y, efectivamente, fuése y bailó la danza del fuego, pero con el corazón muy oprimido por la tristeza.
Abandonó la playa aquel otoño tan pronto como pudo, y púsose en marcha completamente solo, porque en su cabecita bullía una idea. Iba en busca de la Vaca marina, si era verdad que existía en el mar semejante personaje, y hallaría después una isla tranquila, rodeada de playas seguras donde pudieran vivir las focas sin que los hombres llegaran hasta ellas. Con tal motivo exploró uno y otro día desde el Norte al Sur del Pacífico, llegando á nadar hasta trescientas millas en el espacio de veinticuatro horas. Es imposible referir sus innumerables aventuras, pero bastará decir que estuvo á punto de ser devorado por los tiburones y por el pez martillo, tropezando con todos los más peligrosos malhechores que vagan por los mares, con enormes é inofensivos peces, y con las conchas manchadas de color escarlata que están como ancladas en un mismo sitio por centenares de años y en ello cifran todo su orgullo... Á quien nunca encontró fué á la Vaca marina, ni tampoco una isla como la que él soñaba. Cuando la playa era excelente, dura, con su poco de declive, tierra adentro, para que las focas pudieran jugar en él, siempre se divisaba en el horizonte la columna de humo de un ballenero que estaba hirviendo grasa, y Kotick sabía lo que eso significaba. O bien notaba claras huellas de que en la isla había habido focas, que fueron muertas por los hombres, y donde éstos habían puesto una vez los pies, pensaba él, bien podían ponerlos dos.
Juntóse con una vieja albatros que le dijo que la isla de Kerguelen era el mejor sitio para vivir en paz y tranquilidad, y cuando se dirigió Kotick hacia allí, por poco queda hecho pedazos contra la negra y acantilada costa, en una fuerte tormenta de granizo acompañada de rayos y truenos. Y, no obstante, luchando contra el viento, pudo ver que hasta allí había habido, tiempo atrás, un vivero de focas. Lo mismo ocurría en cuantas islas visitó.
Limmershin díjome los nombres de todas y formaban larga lista, porque, según él afirmó, pasóse Kotick cinco estaciones explorando continuamente, á excepción de un descanso anual de cuatro meses en Novastoshnah, durante el cual solían los holluschickie burlarse de él y de sus islas imaginarias. Estuvo en Galápagos, en el Ecuador, sitio horrorosamente seco donde le pareció que le cocían vivo; fué á las islas Georgias, á las Orcadas, á la isla de la Esmeralda, á la del Ruiseñor, á la de Gough, á la de Bouvet, á la de Crossets, y hasta á una islita, del tamaño de una mancha, que existe al Sur del Cabo de Buena Esperanza. Pero en todas partes le dijeron lo mismo. En tiempos inmemoriales las focas habían ido á aquellas islas, siendo perseguidas y exterminadas por los hombres. Hasta un día en que se alejó del Pacífico algunos miles de millas y llegó á un sitio llamado Cabo Corrientes (y esto fué cuando volvía de la isla de Gough), hallóse con algunos centenares de focas sarnosas que estaban descansando en una roca, y le dijeron que también allí iban los hombres.
Entristecióle esto tan profundamente que hizo rumbo hacia el Cabo para volver á sus propias playas, y por el camino abordó á una isla llena de verdes árboles, donde halló una foca vieja, muy vieja, moribunda, para la cual buscó algunos peces, contándole después todas sus penas.
—Ahora, dijo Kotick, vuelvo á Novastoshnah, y si se me llevan al matadero con los holluschickie poco me importa ya.
—Prueba otra vez, contestóle la foca vieja. Yo soy la última de la perdida tribu de Masafuera, y, en los tiempos en que los hombres solían matarnos á centenares de miles, referíase en las playas la conseja de que algún día una foca blanca, venida del Norte, llevaría al pueblo de las focas á un lugar tranquilo. Vieja soy y no he de ver ya ese día; pero otras lo verán. Prueba una vez más.
Retorcióse Kotick los bigotes (que los tenía muy hermosos), y dijo: