Dió Kotick un salto en el aire al estilo de los delfines, y púsose á gritar á plenos pulmones:

—¡Zampa-ostras! ¡Zampa-ostras!

Estaba él enterado de que Sea Vitch no había cogido un pez en toda su vida, sino que se limitaba á hozar buscando ostras y plantas marinas, aunque se las echara de terrible, pretendiendo ser lo contrario de lo que era. Naturalmente, sucedió entonces que los chickies, los gooverooskies y los epatkas, las gaviotas de todas clases y los mergos, que están siempre en acecho de cuantas ocasiones se les presenten para mostrar su mala educación, hicieron coro repitiendo aquellas palabras, y (al menos así me lo contó Limmershin) por espacio de cinco minutos no hubiera podido oirse el disparo de una escopeta en todo el islote del Caballo marino. Cuantos en él vivían gritaban á voz en cuello:

—¡Zampa-ostras! ¡Stareek! (viejo).

Entre tanto Sea Vitch se movía de un lado á otro refunfuñando y tosiendo.

—¿Hablarás ahora? dijo Kotick casi perdido el aliento.

—Anda y pregúntale á la Vaca marina lo que quieres saber, contestó Sea Vitch. Si aún vive, ella podrá decírtelo.

—¿Y cómo conoceré á la Vaca marina cuando la encuentre? dijo Kotick, marchándose ya.

—Es lo más feo de cuanto vive en el mar después de Sea Vitch, gritó una gaviota deslizándose ante las mismas barbas de éste... lo más feo y de peores modales. ¡Stareek!

Nadó otra vez Kotick hacia Novastoshnah dejando á las gaviotas gritar cuanto quisieran. Llegado allí, vió que nadie tomaba el menor interés en sus tentativas por descubrir un sitio donde pudieran vivir tranquilamente las focas. Dijéronle que siempre los hombres se habían llevado con ellos á los holluschickie, que esto formaba parte de su diaria labor, y que si no quería ver cosas desagradables, no tenía para qué haber ido al matadero. Pero ninguna de las otras focas había visto las matanzas aquéllas, y en el no haberlo visto estribaba la diferencia entre él y sus compañeras. Además, Kotick era una foca blanca.