—¿Y no hay ninguna isla de esta clase?

—He perseguido al poltoos (la platija) por espacio de veinte años, y no puedo decir aún que haya hallado una isla así. Pero, mira... (ya que observo que te gusta conversar con tus superiores), podrías ir al islote del Caballo Marino y hablar á Sea Vitch. Tal vez él sepa algo. Y no salgas disparado de ese modo. De aquí á allá hay seis millas, y antes de nadar tan largo trecho, si yo fuera de tí, echaría un sueñecito, chiquitín.

Parecióle bien el consejo á Kotick, y así nadó hasta su propia playa, saltó á tierra y durmió, por espacio de media hora, con extremecimientos en todo el cuerpo, como suelen hacer las focas. Despues salió en dirección del islote del Caballo Marino, pedazo de isla, pequeño y lleno de rocas, situado casi al Noreste de Novastoshnah, sembrado de picos y de nidos de gaviota, donde las morsas solían reunirse sin más compañía que la de ellas mismas.

Saltó á tierra junto al viejo Sea Vitch, el enorme, feo, hinchado, granujiento caballo marino del Norte del Pacífico, ancho de cuello, de largos colmillos, sin más modales que los que tiene cuando duerme.... que es lo que hacía entonces, con las aletas posteriores mitad fuera y mitad dentro del agua.

—¡Despiértate! le dijo Kotick, casi ladrando, para que lo oyera, porque las gaviotas metían gran ruido.

—¡Ah! ¡Oh!... ¿Qué?... ¿Qué hay? dijo Sea Vitch, y le pegó á la morsa que tenía al lado un golpe con los colmillos despertándola, y aquélla otro á la más próxima, y así fueron siguiendo, hasta estar todas despiertas y mirando fijamente en todas direcciones, excepto en la que debían.

—¡Je! Soy yo, dijo Kotick agitándose en la orilla, donde ofrecía todo el aspecto de una diminuta babosa blanca.

—¡Vaya! ¡Que me desuellen vivo si...! exclamó Sea Vitch, y en seguida comenzaron todos á mirar á Kotick como puede imaginarse uno que los soñolientos viejos, socios de algún casino, mirarían á un niño que cayera entre ellos. En cuanto oyó lo de desollar, no quiso Kotick que le hablaran más de esto, pues bien harto de ver desollar estaba, y así empezó á decir á gritos:

—¿No hay ningún sitio á donde puedan ir las focas, sin peligro de encontrarse con hombres?

—Anda á buscarlo tú, dijo Sea Vitch cerrando los ojos. ¡Márchate, que aquí tenemos que hacer!