Inmediatamente comenzaron los hombres á dar golpes en la cabeza á las focas, con toda la rapidez posible.

Diez minutos después, Kotick no pudo ya reconocer á las que fueron sus compañeras, pues sus pieles habían sido arrancadas, desde el hocico hasta las aletas posteriores, secadas y puestas sobre el suelo en un gran montón.

No quiso ver más. Volvióse Kotick en redondo y galopó hacia el mar (porque una foca puede galopar muy velozmente durante breve rato), erizados por el terror sus nacientes bigotes. En la Garganta del León Marino, donde esos animales descansan junto al sitio hasta donde llega la resaca, lanzóse de cabeza, aletas en alto, en el agua fresca, y allí se balanceó, suspirando tristemente.

—¿Quién anda ahí? gruñó un león de mar, porque generalmente no gustan éstos de más sociedad que la de sus iguales.

¡Scoochnie! ¡Ochen scoochnie! (Estoy sólo, muy sólo!) dijo Kotick. ¡Están matando á todos los holluschickie en todas las playas!

El león marino volvió la cabeza en dirección de tierra.

—¡Qué disparate! dijo. ¿No oyes á tus amigos alborotando como de costumbre? De fijo que habrás visto á ese viejo de Kerick despachando una manada. Treinta años ha que no hace otra cosa.

—¡Eso es horrible! dijo Kotick nadando hacia atrás en el momento en que quedaba cubierto por una ola, y afirmando el cuerpo por medio de un movimiento en espiral de sus aletas, que lo levantó completamente erguido y á tres pulgadas de distancia del borde dentado de una roca.

—¡Bien! ¡No lo has hecho mal para tu edad! dijo el león marino que era buen juez en materia de natación. Y luego añadió:

—Supongo que debe de ser horrible para tí, juzgando lo que ocurre bajo el aspecto que tú lo juzgas; pero si vosotras las focas os empeñáis en venir aquí año tras año, es natural que los hombres se enteren, y lo que es como no lleguéis á encontrar una isla á la cual no vayan nunca ellos, siempre os veréis perseguidas.