—No, no me acerco á ella, contestó Patalamon. Es de mal agüero. ¿Te parece que será verdaderamente el alma del viejo Zaharrof que vuelve del otro mundo? Yo le debo algunos huevos de gaviota.
—No la mires, dijo Kerick. Llévate ese rebaño de las de cuatro años. Nuestros hombres debieran desollar hoy doscientas, pero estamos á principios de temporada y les falta práctica. Con cien bastarán. ¡Despacha!
Hizo sonar Patalamon un par de omoplatos de foca, dándole al uno contra el otro, en frente de la manada de holluschickie, y quedáronse todos quietos como muertos, y soplando con fuerza. Adelantó entonces algunos pasos, y las focas comenzaron á moverse, y Kerick fué guiándolas tierra adentro, sin que intentaran volverse atrás para reunirse con sus compañeras.
En número de centenares de miles viéronlas las otras focas alejarse conducidas por el hombre, pero siguieron jugando como si tal cosa. Sólo Kotick hizo algunas preguntas, á las que nadie supo qué contestar, como no fuera que, cada año, se llevaban los hombres algunas focas de aquel modo, por espacio de seis semanas ó de dos meses.
—Pues yo me voy detrás, dijo, y los ojos se le saltaban casi, siguiendo la pista del rebaño.
—La foca blanca nos sigue, gritó Patalamon. Ésta es la primera vez que una foca ha venido al matadero por sí sola.
—¡Chist! ¡No mires hacia atrás! dijo Kerick. No hay duda de que es el alma de Zaharrof. Tengo que hablarle de esto al sacerdote.
La distancia que mediaba hasta llegar al matadero no era más que de unos ochocientos metros, pero tardóse una hora en recorrerla, porque bien sabía Kerick que si las focas iban demasiado aprisa se acalorarían más de lo conveniente, y luego, al desollarlas, la piel saldría á pedazos. Así, pues, fueron muy despacio, pasando por la Garganta del León Marino y por la Casa de Webster, hasta que llegaron á la Casa de la Sal, completamente fuera del alcance de las miradas de las focas que en la playa quedaban. Kotick iba siguiendo, anhelante y pasmado de cuanto veía. Creyó hallarse en el fin del mundo, pero los bramidos que se oían detrás de él, procedentes de los viveros de las focas, resonaban con tanta fuerza como el estruendo de un tren al pasar por un túnel. Kerick sentóse sobre el musgo, sacó un pesado reloj de peltre, y dejó que el rebaño se enfriara algo por espacio de media hora, durante la cual podía oir Kotick cómo iban cayendo de la gorra de aquel hombre gotas del agua que la niebla había dejado en ella. Luego, diez ó doce hombres, cada uno armado de una cachiporra recubierta de hierro y midiendo cosa de un metro de largo, llegaron, y Kerick les señaló á una ó dos focas del rebaño que habían sido mordidas por sus compañeras, ó no se habían enfriado bastante, por lo que los hombres las apartaron del rebaño, dándoles puntapiés con sus pesadas botas, hechas de piel de morsa, y entonces dijo Kerick:
—¡Ahora!