Este año somos todos holluschickie, y podemos bailar la danza del fuego en las rompientes frente á Lukannon, y jugar sobre la yerba. Pero ¿de dónde has sacado esa piel?

Era ahora la piel de Kotick casi completamente blanca, y, aunque se sintiera orgulloso de ella, no contestó más que:

—¡Nadad aprisa! Los huesos me duelen y deseo llegar á tierra.

Y así fuéronse todos á las playas en que habían nacido, y oyeron á sus padres, las focas viejas, peleándose entre la niebla.

Aquella noche Kotick bailó la danza del fuego con las focas que contaban un año de edad. En todo el espacio que media entre Novastoshnah y Lukannon el mar está lleno de fuego en las noches de verano, y cada foca deja en pos de sí una estela como de aceite hirviendo, lanza flamígeros chispazos al saltar en el agua, y las olas rompen unas contra otras en grandes, fosforescentes rayas y remolinos. Después fuéronse tierra adentro, hacia el sitio reservado á los holluschickie, revolcáronse en el recien nacido trigo silvestre, y refirieron cuentos de lo que habían hecho durante el tiempo de su estancia en el mar. Hablaban del Pacífico como hablarían unos niños del bosque en que han estado jugando y cogiendo los frutos de los árboles, y, si alguien hubiera podido oirles, con los datos por ellos suministrados habría podido trazar un mapa tan detallado como jamás hubo otro alguno. Los holluschickie de tres y de cuatro años de edad se precipitaron desde la colina de Hutchinson gritando:

—¡Largo de ahí, muchachos! El mar es hondo y no sabéis aun todo lo que guarda. Esperad hasta que hayáis doblado el Cabo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Chiquitín! ¿Dónde te has encontrado esa piel tan blanca?

—No la he encontrado en ninguna parte, dijo Kotick. Ha crecido sola. Y cuando se preparaba ya á darle un revolcón al que acababa de hablar, dos hombres de negro cabello y rojas caras aplastadas salieron de detrás de una duna, y Kotick, que nunca había visto á un hombre, tosió y bajó la cabeza. Los holluschickie se replegaron formando un pelotón á algunos metros de distancia, y se quedaron quietos mirando con aire estúpido. Los dos hombres eran nada menos que Kerick Booterin, el jefe de los cazadores de focas de la isla, y Patalamon, su hijo. Venían de la aldea situada á cosa de media legua del vivero de focas, y estaban discutiendo cuáles escogerían para llevárselas al matadero (porque las focas se dejan llevar como corderos) y convertirlas, más tarde, en chaquetas de piel de las que usan las señoras.

—¡Oh! ¡Mira! dijo Patalamon. Hay una foca blanca.

Kerick Booterin palideció hasta quedarse casi completamente blanco él también bajo la capa de aceite y de humo de que iba cubierto, porque era un aléuta, y los habitantes de las islas Aléutas no se distinguen por la limpieza. Después comenzó á murmurar una oración.

—No la toques, Patalamon, dijo. No se ha visto una foca blanca desde... desde mi nacimiento acá. Tal vez es el alma del viejo Zaharrof que ha tomado esta forma. Desapareció el año pasado en medio de aquella horrorosa tempestad que hubo.