Hacia fines de Octubre comenzaron las focas á abandonar la isla de San Pablo para internarse en alta mar, yendo reunidas en familias y tribus, cesando en sus peleas por culpa de los viveros, y los holluschickie podían ya jugar en todas partes donde se les antojara. «Para el año que viene, dijo Matkah á Kotick, tú también serás un holluschickie; pero este año tienes aún que aprender cómo se cazan los peces».

Partieron juntos, pues, atravesando el Pacífico, y Matkah le enseñó á Kotick á dormir de espalda, con las aletas plegadas á los lados y la naricita asomándose á flor de agua. No hay cuna tan cómoda como resulta serlo el continuado balanceo de las olas en el mar Pacífico. Cuando Kotick comenzó á sentir en la piel cierto hormigueo, Matkah le dijo que entonces empezaba á experimentar la sensación del agua, y que esos hormigueos y pinchazos en la piel anunciaban mal tiempo, por lo cual había que darse prisa en nadar y alejarse.

Dentro de poco sabrás también hacia donde has de dirigirte cuando nades; pero, por ahora, seguiremos al puerco marino, al marsuino, que sabe mucho. Toda una escuela de marsuinos se agitaba por allí, chapuzándose en el agua, dando carreras de un lado para otro, y Kotick los siguió con toda la velocidad que le fué posible.

—¿Cómo os arregláis para saber hacia dónde tenéis que dirigiros? preguntó anhelante.

Movió los blancos ojos hacia todos lados el director de la escuela y se lanzó de cabeza bajo el agua.

—Siento hormigueos en la cola, muchacho, le contestó. Significa esto que detrás de mí viene un temporal. ¡Vámonos! Cuando uno se halla al Sur del Mar Pegajoso (quería decir el Ecuador) y nota picazón en la cola, es anuncio de que se te viene de frente el temporal, y hay que dirigirse hacia el Norte. ¡Ven! La mar está aquí muy picada.

Fué ésta una de las muchas cosas que Kotick aprendió, y el aprender era en él tarea constante. Matkah le enseñó á perseguir los bacalaos y las platijas á lo largo de los bancos de arena y á arrancar el esperinque de sus agujeros cubiertos de yerbas; cómo ir bordeando los restos de naufragios medio enterrados á cien brazas bajo el agua, y lanzarse con la rapidez de una bala entrando por una de las portas y saliendo por la otra, según hacen los peces; cómo sostenerse sobre la cresta de las olas cuando los rayos cruzaban el espacio, y saludar cortesmente á la albatros, de corta y ancha cola, ó á la fragata, al verlas pasar por los aires siguiendo la dirección del viento; cómo saltar fuera del agua á la altura de tres ó cuatro pies, á la manera de los delfines, apretadas á los lados las aletas y encorvada la cola...

Enseñóle también á dejar tranquilos á los peces voladores, porque no tienen más que espinas; á arrancar de un bocado un pedazo de espalda á un bacalao corriendo á toda velocidad, á diez brazas bajo la superficie del mar; y á no pararse nunca á mirar un bote ó un buque, pero principalmente ningún barco de remos. Al cabo de seis meses, lo que Kotick no sabía sobre la pesca en alta mar era porque no valía la pena de saberse, y durante todo este tiempo nunca sus aletas tocaron tierra seca.

Un día, sin embargo, mientras estaba dormitando en el agua, tibia entonces, en un sitio cercano á la isla de Juan Fernández, sintió una dejadez en el cuerpo y un mareo como los que suelen sentir las personas al llegar la primavera, y viniéronsele á la memoria las dulces y seguras playas de Novastoshnah, á siete mil millas de distancia; los juegos de sus compañeros; el olor de las plantas marinas; el bramar de las focas, y las continuas luchas. En aquel mismo instante hizo rumbo hacia el Norte, nadando pausadamente, y á poco hallóse con bastantes docenas de compañeros que llevaban también la misma dirección.

—¡Salud, Kotick! le dijeron.