—¡Caracoles! refunfuñó aquel. Nunca se ha visto en el mundo cosa tan rara. ¡Una foca blanca!
—Pues no sé que decirte; ahora se verá.
Y comenzó á cantar en voz baja y berreante la canción de las focas, que todas las que son madres cantan á sus hijos:
No nades nunca hasta las seis semanas
si no quieres hundirte sin remedio;
tormentas estivales y cetáceos
son un peligro cierto.
Son peligrosos, ratoncillo mío,
muy peligrosos para el que es pequeño;
pero báñate, y crece, y hazte fuerte...
y no tengas ya miedo,
¡y atrévete ya entonces,
hijo del mar inmenso!
Por supuesto que el chiquitín no entendía, al principio, aquellas palabras. Chapoteaba en el agua, ó andaba á gatas por el suelo al lado de su madre, é iba aprendiendo á escaparse, tropezando más ó menos, cuando veía que su padre se peleaba con otra foca y ambos rodaban con feroces bramidos por encima de las resbaladizas rocas. Matkah solía ir al mar á buscar comida, y el pequeñín no se alimentaba más que una sola vez cada dos días; pero entonces comía cuanto le era posible, y así iba creciendo.
Lo primero que hizo fué ir gateando tierra adentro, y allí encontró miles y miles de pequeñuelos de su misma edad, jugando todos como cachorrillos, durmiendo sobre la limpia arena, y jugando de nuevo después. La gente vieja, en los viveros, no hacía caso de ellos, y los holluschickie no se movían de su propio terreno, con lo cual los chiquitines podían jugar á sus anchas.
Al volver Matkah de su pesca en alta mar, íbase en dirección al sitio en que tales juegos se verificaban, y, balando como la oveja que llama á su corderillo, esperaba hasta que otro balido de Kotick le contestara. Entonces, íbase hacia él en línea recta, tan recta que no podía serlo más, abriéndose paso con las aletas de sus patas delanteras, dando golpes y revolcando por el suelo, á derecha é izquierda, á toda la chiquillería aquélla que le estorbaba. Siempre había algunos centenares de madres que iban en busca de sus hijos, á través del sitio destinado á jugar, y así puede decirse que los pequeñuelos tenían allí una vida muy animada, muy movida; pero, como le dijo Matkah á Kotick: «Mientras no te eches sobre el fango y cojas sarna; mientras no vayas á restregarte alguna cortadura ó arañazo contra la dura arena; y mientras, finalmente, no se te ocurra nadar cuando la mar está picada, nada puede dañarte aquí en lo más mínimo».
Cuando las focas son pequeñas no saben nadar, lo propio que les ocurre á los niños; pero no están contentas hasta que aprenden. La primera vez que Kotick se echó al mar vino una ola y se lo llevó á donde había mucha más profundidad de lo que era conveniente para él, y su gruesa cabeza se hundió, al paso que sus pequeñas aletas posteriores fuéronse en alto por encima del agua, exactamente como le había dicho que le sucedería su madre, al cantarle la canción que hemos copiado; y gracias que otra ola lo recogió, lanzándolo de nuevo á la playa, pues, de no ser así, se hubiera ahogado.
Aprendió, después de esto, á estarse tendido en un charco de la playa y esperar que las oleadas le cubrieran y lo levantaran mientras él chapoteaba, pero siempre anduvo ya alerta para el caso que vinieran olas muy grandes, de las que pueden hacer daño. Dos semanas estuvo aprendiendo el modo de usar sus aletas, y durante todo este tiempo entraba y salía del agua deslizándose, y tosía, gruñía, se arrastraba por la playa y dormitaba sobre la arena, hasta que luego volvía á las andadas. Así se convenció de que el agua era verdaderamente su elemento.
Entonces, bien podéis imaginaros lo que se divertiría con sus compañeros, dando chapuzones para pasar por debajo de las olas, ó llegando á la playa sobre la cresta de una de ellas y cayendo con sordo ruido, resoplando para no ahogarse, mientras la enorme ola subía como un torbellino por la arena; ó alzándose sobre la cola y rascándose la cabeza, como veía él que la gente madura hacía; ó jugando á «yo soy el Rey del castillo[7]» sobre las resbaladizas rocas, llenas de vegetaciones, que asomaban á flor de agua. De vez en cuando veía una delgada aleta semejante á la de un enorme tiburón, que iba costeando, costeando, y como no se le ocultaba que aquello era el Cetáceo Carnicero, el delfín, que se come á las focas pequeñas cuando puede apoderarse de ellas, Kotick se iba como una flecha hacia la playa, y la aleta se alejaba bailando lentamente sobre el agua como si nada hubiera ido á buscar por allí.