—¡Qué atención has tenido conmigo! Has tomado nuestro sitio de otras veces.

—¡Pues ya lo creo que sí! contestó Gancho de Mar. ¡Mírame!

Estaba lleno de arañazos, y la sangre le corría de veinte heridas distintas; tenía un ojo hundido y ambos costados hechos una lástima, con la piel colgando á pedazos.

—¡Ah! ¡Lo que sois los hombres! dijo Matkah abanicándose con la aleta de una de sus patas posteriores. Pero ¿por qué no podéis ser razonables y repartiros los sitios en paz? ¡Cómo estás! ¡Parece que te hayas peleado con el Cetáceo Carnicero!

—No he hecho otra cosa más que pelear, desde mediados de Mayo. La playa está tan llena esta temporada que es una vergüenza. Lo menos he tropezado con cien focas de la playa de Lukannon que iban buscando alojamiento. ¿Por qué no podría quedarse la gente en su propia casa?

—No pocas veces se me ha ocurrido la idea de que viviríamos mucho más felices en la isla de Otter que en un lugar tan concurrido como éste, dijo Matkah.

—¡Bah! Los holluschickie son los únicos que van á la isla de Otter. Si fuéramos nosotros, dirían que lo hacemos por miedo. Hay que guardar las apariencias, hija mía.

Hundió Gancho de Mar la orgullosa cabeza entre los gruesos hombros, y durante algunos minutos hizo como que dormía; pero no dejó ni un momento de estar ojo avizor para el caso de que tuviera que comenzar otra lucha. Ahora que todas las focas machos, con sus respectivas hembras, estaban ya en tierra, su clamoreo podía oirse en algunas leguas mar adentro, dominando el ruido de los más furiosos vendabales. Contando por lo bajo, bien podía decirse que había allí, sobre la playa, más de un millón de focas (focas viejas, focas madres, pequeñuelos y holluschickie, peleándose, retozando, dando balidos, arrastrándose y jugando), y ese millón iba y volvía del mar á la playa y de la playa al mar en grupos, y, á veces, formando verdaderos ejércitos, sin dejar ni un palmo de tierra donde no fueran á echarse en toda la extensión que podía abarcar la vista, y entreteniéndose en continuas escaramuzas á través de la niebla. En Novastoshnah hayla casi siempre, excepción hecha de las raras ocasiones en que brilla por un momento el sol y hace que aparezca todo como cuajado de perlas y matizado con los colores del iris.

En medio de ese barullo había nacido Kotick, el pequeñuelo de Matkah, y era todo cabeza y hombros, con ojos claros, de un azul de agua, como corresponde que sean los de las focas pequeñas; pero algo había en su piel que era causa de que su madre lo mirara con profunda atención.

—¡Gancho de Mar, dijo al fin, nuestro hijo va á ser blanco!