(Canción con que arrullan las focas á sus pequeñuelos).
Cuanto voy á referir ocurrió, muchos años hace, en un lugar llamado Novastoshnah ó Cabo del Noreste, en la isla de San Pablo, allá por el mar de Behring. Contóme ese cuento Limmershin, el reyezuelo de invierno, en ocasión en que el viento lo arrojó contra la arboladura de un barco que iba al Japón, y en que yo me lo llevé á mi camarote, calentándolo y alimentándolo durante un par de días, hasta que se halló en disposición de tender el vuelo y regresar á San Pablo. Limmershin es un pajarillo de genio bastante raro; pero tiene la cualidad de no saber mentir.
Nadie va á Novastoshnah como no sea para negocios, y las únicas que los tienen allí constantes son las focas. Acuden en los meses de verano por centenares y por miles, saliendo del mar frío y gris, pues saben que la playa de Novastoshnah posee, para hospedar focas, mejores cualidades que ningún otro sitio del mundo.
Gancho de Mar estaba enterado de esto, y cada primavera, desde el punto en que se hallara, se iba nadando hasta Novastoshnah, en línea recta, como si fuera un torpedero, y allí pasaba un mes luchando con sus colegas por conservar un buen sitio en las rocas, lo más cerca del mar que le fuera posible. Gancho de Mar tenía quince años y era una enorme foca macho, de color gris, con una piel sobre los hombros que parecía crín, y unos dientes caninos largos, amenazadores. Cuando se levantaba sobre sus extremidades anteriores elevábase á más de un metro de altura sobre el suelo, y si alguien se hubiera atrevido á pesarlo habría hallado que su peso era casi de unas setecientas libras. Estaba lleno de cicatrices, consecuencia de salvajes luchas; pero, á pesar de eso, mostrábase siempre dispuesto á aceptar nuevas peleas. Ladeaba en tales casos la cabeza como si no se atreviera á mirar á su enemiga cara á cara; pero de pronto caía sobre ella como un rayo, y cuando sus enormes dientes se habían clavado fuertemente en el cuello de la otra foca, podía ésta escapársele si lo lograba, pero no sería ciertamente Gancho de Mar quien la ayudara á ello.
Sin embargo, lo que nunca hizo fué atacar á una foca herida ya por otras, porque esto era contrario á las reglas de la Playa. No necesitaba más que un sitio para su prole, junto al mar; pero como ocurría que cuarenta ó cincuenta mil focas más luchaban por lo mismo cada primavera, el silbar, bramar, rugir y resoplar que se oían en aquella playa eran algo verdaderamente horroroso.
Desde una colina, llamada de Hutchinson, divisábase una extensión de tierra de cerca de una legua, completamente cubierta de focas que peleaban unas con otras, y, á la hora de la resaca, la playa quedaba toda salpicada de puntos que eran las cabezas de otras muchas focas que se apresuraban á ir á tierra para unirse á las que combatían. Luchaban sobre las rompientes, luchaban en la arena y hasta sobre las desgastadas rocas de basalto donde tenían sus viveros: eran tan estúpidas y tan poco complacientes como si fueran hombres. Las hembras, sus esposas, nunca iban á la isla hasta fines de Mayo ó primeros de Junio, porque les hacía poca gracia la perspectiva de que las hicieran pedazos en aquellas batallas; y en cuanto á los pequeñuelos de dos, tres ó cuatro años, que no sabían aún lo que era el sostener una familia, se iban tierra adentro, á alguna distancia, atravesando las filas de combatientes para ponerse á jugar sobre las dunas en grupos ó formando verdaderas legiones que destruían cuanta planta verde crecía por allí.
Llamábanlos los holluschickie (la gente moza) y de ellos había, en Novastoshnah sólo, quizá dos ó tres cientos mil.
Un día de primavera, acababa Gancho de Mar de poner término á su pelea número cuarenta y cinco, cuando Matkah, su dulce y suave esposa de lánguida mirada, salió del mar, y en el mismo instante cogióla él por el pescuezo y la plantó en el espacio de terreno que se había reservado, mientras le decía refunfuñando:
—¡Tarde, como de costumbre! ¿Dónde has estado?
No solía Gancho de Mar comer nada en los cuatro meses que se pasaba en la playa, y así estaba, generalmente, de muy mal humor. Matkah no contestó á la pregunta: sabía que esto era lo mejor que podía hacer. Tendió la mirada en torno suyo, y dijo muy tierna y suavemente: