—Ahora, dijo el hombre grueso (un inglés que acababa de mudarse á la bungalow) no la asustéis, para que no se escape, y luego veremos lo que hacemos con ella.

Asustar á una mangusta es la cosa más difícil de este mundo, porque, desde la cabeza hasta la cola, se la come viva la curiosidad.

El lema de toda la familia de mangustas es «corre y busca», y Rikki-tikki hacía honor á su familia. Miró el algodón, juzgó que no servía para comestible, correteó por la mesa, sentóse, se alisó la piel, rascóse, y, de un salto, se colocó sobre el hombro del niño.

—No tengas miedo, Teddy, le dijo su padre. Eso es que quiere hacerse amiga tuya.

—¡Ay! Me hace cosquillas en la barba, exclamó Teddy.

Rikki-tikki curioseó un poco por el cuello del niño mirando hacia dentro, le olió una oreja, y saltó al suelo restregándose el hocico.

—¡Jesús! ¿Y eso es un animal salvaje? dijo la madre de Teddy. Debe de ser tan manso porque ve que lo tratamos bien.

—Todas las mangustas son así, contestó el marido. Si á Teddy no se le ocurre cogerla por la cola ó probar de enjaularla, entrará y saldrá de la casa todo el día como si tal cosa. Vamos á darle algo que comer.

Diéronle un pedacito de carne cruda, que á Rikki-tikki le gustó muchísimo, y, cuando lo hubo comido, fuése á la galería de la casa, se sentó al sol y erizó todos los pelos de su piel para que se secaran hasta la raíz. Y hecho esto, sintióse mejor.

—Hay en esta casa más cosas que descubrir, se dijo, que cuantas pudiera hallar toda mi familia en su vida. Yo aquí me quedo, para irlo inspeccionando todo.