El día entero lo pasó dando vueltas por la casa. En poco estuvo que no se ahogara en las bañeras; metió en la tinta el hocico, sobre la mesa de escribir, y se lo chamuscó luego con la punta del cigarro que fumaba el hombre grueso, porque se le ocurrió subírsele á la rodilla con la intención de ver lo que era escribir. Al anochecer fuése al cuarto de Teddy para observar cómo se encendían las lámparas, y, cuando el niño se acostó, Rikki-tikki encaramóse también en su cama; pero era un compañero que no podía estarse nunca quieto, porque á cada ruido se ponía alerta y no paraba hasta averiguar lo que lo había producido. Á última hora entraron en el cuarto los padres de Teddy para ver á su hijo, y allí estaba Rikki-tikki despierto y puesto sobre la almohada.

—No me gusta eso, dijo la madre: podría morder á la pobre criatura.

—No lo hará, contestó el padre. Más seguro está Teddy con esa fierecilla al lado que si tuviera un perro de presa vigilándolo. Si entrara ahora en el cuarto alguna serpiente...

Pero la madre de Teddy no quería ni pensar en tan horrible cosa.

Á las primeras horas de la mañana siguiente Rikki-tikki fuése á almorzar á la galería yendo colocada sobre el hombro del niño; comió allí plátano y huevo pasado por agua, y púsose sucesivamente sobre las rodillas de todos, porque no hay mangusta bien educada que no sienta siempre la esperanza de llegar á convertirse algún día en animal doméstico, teniendo á su disposición salas en que corretear, y, además, la madre de Rikki-tikki (que había vivido en la casa del General, en Segowlee), tuvo buen cuidado de enseñarle lo que había de hacer si algún día se hallaba entre hombres blancos.

Luego fuése Rikki-tikki al jardín para ver cuanto hubiera en él digno de ser visto. Era el jardín vasto, á medio cultivar, con espesos rosales de los llamados «Mariscal Niel», grandes como glorietas; naranjos y limeros; grupos de bambúes y montones de yerba alta. Rikki-tikki se relamió de gusto.

—Esto es un magnífico cazadero, se dijo, y la cola se le puso, hacia la punta, como un escobillón, con sólo pensarlo. Comenzó luego á correr de un extremo á otro, husmeando aquí y allá, hasta que oyó plañideras voces dentro de un espino.

Los que las producían eran Darzee, el pájaro tejedor, y su esposa. Habían construído un nido precioso con sólo juntar dos grandes hojas, coser los bordes con fibras y llenar el hueco con algodón y pelusa, blanda como pluma finísima. El nido se balanceaba, mientras ellos estaban sobre el borde lamentándose.

—¿Qué ocurre? preguntó Rikki-tikki.

—Estamos inconsolables, dijo Darzee. Uno de nuestros cuatro pequeñuelos se cayó ayer del nido, y Nag se lo comió.