—¡Ah! Triste caso es éste, contestó Rikki-tikki... Pero yo soy aquí forastera. Decidme: ¿quién es Nag?
En vez de contestar, Darzee y su esposa desaparecieron metiéndose en el nido, porque de la espesa yerba que crecía al pie del arbusto salió sordo silbido... algo horrible, frío, que hizo saltar hacia atrás á Rikki-tikki, á medio metro de distancia. Entonces fueron saliendo de la yerba, por pulgadas, la erguida cabeza y la extendida capucha de Nag, la gruesa cobra negra, y su longitud era de un metro y medio desde la lengua hasta la cola. Cuando hubo levantado del suelo una tercera parte de su cuerpo se quedó balanceándose, ni más ni menos que como se balancea en el aire un corimbo de dientes de león, y miró á Rikki-tikki con aquellos ojos malvados de las serpientes, que nunca cambian de expresión, sea lo que fuere lo que la serpiente piense.
—¿Quién es Nag? dijo. Soy yo. El gran dios Brahma puso sobre nuestra gente su sello cuando la primera cobra extendió su capucha para que el sol no tocara á Brahma mientras dormía. ¡Mírame, y tiembla!
Ensanchó entonces más que nunca su capuchón, y Rikki-tikki vió detrás de él una señal como de unos espejuelos, comparable exactamente á la hembra en que encajan los corchetes. Tuvo miedo por un instante; pero es imposible que á una mangusta le duren los sustos mucho más, y, por otra parte, aunque Rikki-tikki no había visto nunca una cobra viva, su madre la había alimentado con cobras muertas, y sabía perfectamente que la misión de una mangusta grande en este mundo es pelearse con serpientes, y comérselas. También Nag estaba enterada de esto, y, en el fondo de su helado corazón, no era menor el miedo que sentía.
—¡Bueno! dijo Rikki-tikki (y su cola empezó á erizarse de nuevo): tanto si tienes esas señales como si no ¿crees tú que está bien el comerse á los pajarillos que se caen del nido?
Nag parecía pensativa y observaba el menor movimiento que se produjera en la yerba detrás de Rikki-tikki. Comprendía que el haber mangustas en aquel jardín significaba la muerte más ó menos próxima para ella y para su familia; pero deseaba coger á Rikki-tikki descuidada y no en guardia como estaba ahora. Así bajó un poco la cabeza y la echó hacia un lado.
—Hablemos, dijo. Tú comes huevos; pues bien: ¿por qué no he de comer yo pájaros?
—¡Mira hacia atrás! ¡Mira hacia atrás! cantó entonces Darzee.
Era Rikki-tikki demasiado lista para perder tiempo mirando. Pegó un brinco en el aire, tan alto como le fué posible, y precisamente en aquel momento pasó por debajo de ella, silbando, la cabeza de Nagaina, la malvada esposa de Nag. Habíase deslizado detrás de la mangusta, mientras estaba ésta hablando, con intención de matarla, y Rikki-tikki oyó su rabioso silbido por haber errado el golpe. Saltó ésta casi atravesada, sobre su espalda, y, si hubiera sido una mangusta vieja, habría comprendido que aquel era el momento de partirle el espinazo de una sola dentellada; pero tuvo miedo del terrible latigazo que con la cola daba la cobra. Mordió, eso sí, pero no hizo durar bastante el mordisco, y saltó fuera del alcance de aquella cola, dejando á Nagaina herida y furiosa.
—¡Darzee! ¡Malo! ¡Malvado! dijo Nag, azotando el aire, á tanta altura como le fué posible, en dirección del nido que había en el espino; pero Darzee lo había construído fuera del alcance de las serpientes, y así no hizo más que balancearse.