Rikki-tikki sintió que los ojos le ardían y se le inyectaban de sangre (señal de ira en las mangustas), y se sentó sobre la cola y las patas traseras como un diminuto kanguro, mirando en torno suyo y rechinando los dientes con rabia. Pero Nag y Nagaina habían desaparecido ya entre la yerba. Cuando una serpiente yerra el golpe enmudece de momento y no da señal alguna de lo que piensa hacer después. Rikki-tikki no sintió el menor deseo de seguir á aquéllas, porque no estaba muy segura de que pudiera batirse con dos serpientes á la vez. Así, fuése hacia el caminillo enarenado, cerca de la casa, y sentóse allí para pensar. El asunto era para ella de excepcional importancia.

Si leéis antiguos libros de Historia Natural hallaréis en ellos escrito que cuando una mangusta se bate con una serpiente y es mordida por ésta, vase corriendo y come una yerba que la cura. No es esto cierto. La victoria estriba únicamente en la rapidez de miradas y de movimientos (á cada golpe de la serpiente un salto de la mangusta), y como no hay ojo que pueda seguir el moverse de la cabeza de una serpiente al atacar, de ahí que las cosas ocurran de un modo mucho más maravilloso que si interviniera en ellas ninguna yerba mágica. Rikki-tikki era joven, y esto le hacía alegrarse aún mucho más al pensar que había logrado evitar un golpe dirigido por la espalda. Dióle ello confianza en sí misma, y, cuando Teddy vino corriendo por el caminillo, estaba ya Rikki-tikki en disposición de que la acariciaran.

Pero, precisamente en el momento en que Teddy se agachaba, hubo algo que se movió un poco entre el polvo, y una débil voz dijo:

—¡Cuidado! Yo soy la Muerte.

Era Karait, la minúscula serpiente de color de tierra, que gusta de echarse entre el polvo, y cuya mordedura es mortífera como la de la cobra. Pero es tan pequeña que nadie piensa en ella, y así resulta mucho más dañina.

Los ojos de Rikki-tikki se inyectaron de nuevo, y dirigióse, como bailando, hacia Karait, con aquel balanceo extraño y aquella ondulante marcha que había heredado de su familia. Ofrece el más raro aspecto; pero está tan perfectamente medida y equilibrada aquella marcha, que desde cualquier ángulo de la misma puede salirse disparado cuando se quiere, y esto es una ventaja para habérselas con una serpiente. No sabía Rikki-tikki que se había metido en empresa mucho más peligrosa que la de batirse con Nag, porque Karait es tan pequeña y puede revolverse con tanta facilidad que, como Rikki no acertara á morderla precisamente detrás de la cabeza, recibiría ella la picada sobre un ojo ó un labio. Rikki, ignorando esto, tenía los ojos como ascuas, y se balanceaba de atrás hacia adelante, buscando con la mirada un buen sitio donde hacer presa. Karait atacó de pronto. Saltó de lado Rikki y trató de lanzarse sobre ella; pero la mal intencionada cabeza, gris y polvorienta, embistió, tocándole casi el hombro, y entonces vióse obligada á saltar por encima del cuerpo, mientras la cabeza seguía muy de cerca sus patas.

Teddy gritó á la gente de la casa: ¡Mirad, mirad! Nuestra mangusta está matando una serpiente.

Rikki-tikki oyó un grito de la madre de Teddy, y el padre salió provisto de un bastón; pero durante el tiempo que tardó en llegar, Karait había dado una embestida poco prudente, y Rikki-tikki saltó; arrojóse sobre la espalda de la serpiente; bajó la cabeza cuanto pudo entre las patas delanteras; hincó los dientes, lo más alto posible, en la espalda, y cayó rodando á alguna distancia. Aquel mordisco había dejado completamente inmóvil á Karait, y Rikki-tikki se preparaba ya á devorarla, empezando por la cola, según costumbre de la familia á la hora de la comida, cuando se acordó de que lo que hace á una mangusta sentirse algo pesada es el comer en abundancia, y que para conservar toda su fuerza y agilidad necesitaba estar flaca.

Fuése, pues, á tomar un baño de polvo á la sombra de unas matas de ricino, mientras el padre de Teddy golpeaba á la muerta Karait.

¿De qué sirve eso? pensó Rikki-tikki. Yo lo he dejado ya todo listo.